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C. Marx
F. Eengels
EL MANIFIESTO DEL PARTIDO COMUNISTA
Indice
Prefacio a la edición alemana de 1872
Prefacio a la edición rusa de 1882
Prefacio de F. Engels a la edición alemana de 1883
Prefacio de F. Engels a la edición inglesa de 1888
Prefacio de F. Engels a la edición alemana de 1890
Prefacio de F. Engels a la edición polaca de 1892
Prefacio de F. Engels a la edición italiana de
1893
I Burgueses y proletarios
II Proletarios y comunistas
III Literatura socialista y comunista
1. El socialismo reaccionario
a) El socialismo feudal
b) El socialismo pequeñoburgués
c) El socialismo alemán o socialismo
“verdadero”
2. El socialismo conservador o burgués
3. El socialismo y el comunismo crítico-utópico
IV Actitud de los comunistas respecto a los diferentes
partidos de oposición
PREFACIO A LA EDICION ALEMANA DE 1872
La Liga de los Comunistas, asociación obrera internacional que,
naturalmente, dadas las condiciones de la época, no podía
existir sino en secreto, encargó a los que suscriben, en el Congreso
celebrado en Londres en Noviembre de 1847, que redactaran un programa
detallado del partido, a la vez teórico y práctico, destinado
a la publicación. Tal vez es el origen de este Manifiesto, cuyo
manuscrito fue enviado a Londres, para ser impreso, algunas semanas antes
de la revolución de febrero. Publicado primero en alemán,
se han hecho en este idioma, como mínimo, doce ediciones diferentes
en Alemania, Inglaterra y Norteamérica. En inglés apareció
primeramente en Londres, en 1850, en el Red Republican, traducido por Miss
Helen Macfarlane, y más tarde, en 1871, se han publicado, por lo
menos, tres traducciones diferentes en Norteamérica. Apareció
en francés por primera vez en París, en vísperas de
la insurrección de junio de 1848, y recientemente en Le Socialiste
de Nueva York. En la actualidad, se prepara una nueva traducción.
Hízose en Londres una edición en polaco, poco tiempo después
de la primera edición alemana. En Ginebra apareció en ruso,
en la década del 60. Ha sido traducido también al danés,
a poco de su publicación original.
Aunque las condiciones hayan cambiado mucho en los últimos veinticinco
años, los principios generales expuestos en este Manifiesto siguen
siendo hoy, en grandes rasgos, enteramente acertados, algunos puntos deberían
ser retocados. El mismo Manifiesto explica que la aplicación práctica
de estos principios depender siempre y en todas partes de las circunstancias
históricas existentes, y que, por tanto, no se concede importancia
excepcional a las medidas revolucionarias enumeradas al final del capitulo
II. Este pasaje tendría que ser redactado hoy de distinta manera,
en más de un aspecto. Dado el desarrollo colosal de la gran industria
en los últimos veinticinco años, y con éste, el de
la organización del partido de la clase obrera; dadas las experiencias
prácticas, primero, de la revolución de Febrero, y después,
en mayor grado aún, de la Comuna de París, que eleva por
primera vez al proletariado, durante dos meses, al poder político,
este programa ha envejecido en algunos de sus puntos. La Comuna ha demostrado,
sobre todo, que “la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar
posesión de la máquina del Estado tal y como está
y servirse de ella para sus propios fines” (Véase La guerra civil
en Francia, p g. 19 de la edición alemana, donde esta idea está
desarrollada más extensamente). Además, evidentemente, la
crítica de la literatura socialista es incompleta para estos momentos,
pues sólo llega a 1847; y al propio tiempo, si las observaciones
que se hacen sobre la actitud de los comunistas ante los diferentes partidos
de oposición (capítulo IV) son exactas todavía en
sus trazos fundamentales, han quedado anticuadas para su aplicación
práctica, ya que la situación política ha cambiado
completamente y el desarrollo histórico ha borrado de la faz de
la tierra a la mayoría de los partidos que allí se enumeran.
Sin embargo, el Manifiesto es un documento histórico que ya
no tenemos derecho a modificar. Una edición posterior quizá
vaya precedida de un prefacio que pueda llenar la laguna existente entre
1847 y nuestros días; la actual reimpresión ha sido tan inesperada
para nosotros, que no hemos tenido tiempo de escribirlo.
Carlos Marx. Federico Engels.
Londres, 24 de junio de 1872.
Publicado en el folleto
Das Kommunistische Manifest.
Neue Ausgabe mit einem Vorwort
Der Verfasser, Leipzig, 1872
PREFACIO a la segunda edición rusa de 1882
La primera edición rusa del Manifiesto del Partido Comunista,
traducido por Bakunin, Fue hecha a principios de la década del 60
en la imprenta de Kólokol. En aquel tiempo, Una edición
rusa de aquella obra podía parecer a Occidente tan sólo una
curiosidad literaria. Hoy, semejante concepto sería imposible.
Cuán reducido era el terreno de acción del movimiento
proletario en aquel entonces (diciembre de 1847) lo demuestra mejor que
nada el último capítulo del Manifiesto: Actitud de los comunistas
ante los diferentes partidos de oposición en los diversos países.
Rusia y los Estados Unidos, precisamente, no fueron mencionados. Era el
momento en que Rusia formaba la última gran reserva de la reacción
europea y en que la emigración a los Estados Unidos absorbía
el exceso de fuerzas del proletariado de Europa. Estos dos países
proveían a Europa de materias primas y eran al propio tiempo mercados
para la venta de la producción industrial de ésta. Los dos
eran, pues, de una u otra manera, pilares del orden vigente en Europa.
¡Cuán cambiado está todo! Precisamente la
inmigración europea ha hecho posible el colosal desenvolvimiento
de la agricultura en América del Norte, cuya competencia conmueve
los cimientos mismos de la grande y pequeña propiedad territorial
de Europa. Es ella la que ha dado, además, a los Estados Unidos
la posibilidad de emprender la explotación de sus enormes recursos
industriales, con tal energía y en tales proporciones que en breve
plazo ha de terminar con el monopolio industrial de la Europa Occidental,
y especialmente con el de Inglaterra. Estas dos circunstancias repercuten
a su vez de una manera revolucionaria sobre la misma Norteamérica.
La pequeña y mediana propiedad agraria de los granjeros, piedra
angular de todo el régimen político de Norteamérica,
sucumben gradualmente ante la competencia de granjas gigantescas, mientras
que en las regiones industriales se forma, por vez primera, un numeroso
proletariado junto a una fabulosa concentración de capitales.
¿Y en Rusia? Al producirse la revolución de 1848-1849,
no sólo los monarcas de Europa, sino también los burgueses
europeos veían en la intervención rusa el único medio
de salvación contra el proletariado, que empezaba a despertar. El
zar fue aclamado como el jefe de la reacción europea. Ahora es,
en Gátchina, el prisionero de guerra de la revolución, y
Rusia está en la vanguardia del movimiento revolucionario de Europa.
El Manifiesto Comunista se propuso como tarea proclamar la desaparición
próxima e inevitable de la moderna propiedad burguesa. Pero en Rusia,
al lado del florecimiento febril del fraude capitalista y de la propiedad
territorial burguesa en vías de formación, más de
la mitad de la tierra es posesión comunal de los campesinos. Cabe,
entonces, la pregunta: ¿podría la comunidad rural rusa -forma
por cierto ya muy desnaturalizada de la propiedad común de la tierra-
pasar directamente a la forma superior de la propiedad colectiva, a la
forma comunista, o, por el contrario, deberá pasar primero por el
mismo proceso de disolución que constituye el desarrollo histórico
de occidente?
La única respuesta que se puede dar hoy a esta cuestión
es la siguiente: si la revolución rusa da una señal para
una revolución en Occidente, de modo que ambas se completen, la
actual propiedad común de la tierra en Rusia podrá servir
de punto de partida para el desarrollo comunista.
Carlos Marx, Federico Engels
Londres, 21 de enero de 1882
Publicado en el libro:
C.Marx y F. Engels, Manifiesto
del Partido Comunista,
ed. En ruso, Ginebra, 1882.
PREFACIO DE F. ENGELS A LA EDICIÓN
ALEMANA DE 1883
Desgraciadamente, tengo que firmar solo el prefacio de esta edición.
Marx, el hombre al que la clase obrera de Europa y América debe
más que a ningún otro, reposa en el cementerio de Highgate
y sobre su tumba verdea ya la primera hierba. Después de su muerte
ni hablar cabe de rehacer o completar el Manifiesto. Creo, pues, tanto
más preciso recordar aquí explícitamente lo que sigue.
La idea fundamental de que está penetrado todo el Manifiesto
-a saber: que la producción económica y la estructura social
que de ella se deriva necesariamente en cada época histórica,
constituyen la base sobre la cual descansa la historia política
e intelectual de esa época; que, por tanto, toda la historia (desde
la disolución del régimen primitivo de propiedad común
de la tierra) ha sido una historia de lucha de clases, de lucha entre clases
explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, en las diferentes fases
del desarrollo social; y que ahora esta lucha ha llegado a una fase en
la que la clase explotada y oprimida (el proletariado) no puede ya emanciparse
de la clase que lo explota y oprime (la burguesía), sin emancipar,
al tiempo y para siempre a la sociedad entera de la explotación,
la opresión y las luchas de clases, esta idea fundamental pertenece
única y exclusivamente a Marx*.
Lo he declarado a menudo; pero ahora justamente es preciso que
esta declaración también figure a la cabeza del propio Manifiesto.
F. Engels
Londres, 28 de junio de 1883
Publicado en el libro
Das Kommunistische Manifest,
Hottingen -Zurich, 1883
PREFACIO A LA EDICION INGLESA DE 1888
El "Manifiesto" fue publicado como programa de la "Liga de los
Comunistas", una asociación de trabajadores, al principio exclusivamente
alemana y más tarde internacional, que, dadas las condiciones políticas
existentes antes de 1848 en el continente europeo, se veía obligada
a permanecer en la clandestinidad. En un Congreso de la Liga, celebrado
en Londres en noviembre de 1847, se encomendó a Marx y Engels que
preparasen para la publicación un programa detallado del Partido,
que fuese a la vez teórico y práctico. En enero de 1848,
el manuscrito, en alemán, fue terminado y, unas semanas antes de
la revolución del 24 de febrero en Francia, enviado al editor, a
Londres. La traducción francesa apareció en París
poco antes de la insurrección de junio de 1848. En 1850 la revista
"Red Republican" editada por George Julian Harney, publicó en Londres
la primera traducción inglesa, debida a la pluma de Miss Helen Macfarlane.
El "Manifiesto" ha sido impreso también en danés y en polaco.
La derrota de la insurrección de junio de 1848 en París
primera gran batalla entre el proletariado y la burguesía - relegó
de nuevo a segundo plano, por cierto tiempo, las aspiraciones sociales
y políticas de la clase obrera europea. Desde entonces la lucha
por la supremacía se desarrolla, como había ocurrido antes
de la revolución de Febrero, solamente entre diferentes sectores
de la clase poseedora; la clase obrera hubo de limitarse a luchar por un
escenario político para su actividad y a ocupar la posición
de ala extrema izquierda de la clase media radical. Todo movimiento obrero
independiente era despiadadamente perseguido, en cuanto daba señales
de vida. Así, la policía prusiana localizó al Comité
Central de la "Liga de los Comunistas", que se hallaba a la sazón
en Colonia. Los miembros del Comité fueron detenidos y, después
de dieciocho meses de reclusión, juzgados en octubre de 1852. Este
célebre "Proceso de los comunistas en Colonia" se prolongó
del 4 de octubre al 12 de noviembre; siete de los acusados fueron condenados
a penas que oscilaban entre tres y seis años de reclusión
en una fortaleza. Inmediatamente después de publicada la sentencia,
la Liga fue formalmente disuelta por los miembros restantes. En cuanto
al "Manifiesto", parecía desde entonces condenado al olvido.
Cuando la clase obrera europea hubo reunido las fuerzas suficientes
para emprender un nuevo ataque contra las clases dominantes, surgió
la Asociación Internacional de los Trabajadores. Pero esta asociación,
formada con la finalidad concreta de agrupar en su seno a todo el proletariado
militante de Europa y América no pudo proclamar inmediata-
mente los principios expuestos en el "Manifiesto". La Internacional estuvo
obligada a sustentar un programa bastante amplio para que pudieran
aceptarlo las tradeuniones inglesas, los adeptos de Proudhon en Francia,
Bélgica, Italia y España y los lassalleanos en Alemania*.
Marx, al escribir este programa de manera que pudiese satisfacer a todos
estos partidos, confiaba enteramente en el desarrollo intelectual de la
clase obrera, que debía resultar inevitablemente de la acción
combinada y de la discusión mutua. Los propios acontecimientos y
vicisitudes de la lucha contra el capital, las derrotas más aún
que las victorias, no podían dejar de hacer ver a la gente la insuficiencia
de todas sus panaceas favoritas y preparar el camino para una mejor comprensión
de las verdaderas condiciones de la emancipación de la clase obrera.
Y Marx tenía razón. Los obreros de 1874, en la época
de la disolución de la Internacional, ya no eran, ni mucho menos,
los mismos de 1864, cuando la Internacional había sido fundada.
El proudhonismo en Francia y el lassalleanismo en Alemania agonizaban,
e incluso las conservadoras tradeuniones inglesas, que en su mayoría
habían roto todo vínculo con la Internacional mucho antes
de la disolución de ésta, se iban acercando poco a poco al
momento en que el presidente de su Congreso, el año pasado en Swansea,
pudo decir en su nombre: "El socialismo continental ya no nos asusta."
En efecto, los principios del "Manifiesto" se han difundido ampliamente
entre los obreros de todos los países.
Así, pues, el propio "Manifiesto" se situó de nuevo en
primer plano. El texto alemán habla sido reeditado, desde 185o,
varias veces en Suiza, Inglaterra y Norteamérica. En 1872 fue traducido
al inglés en Nueva York y publicado en la revista "Woodhull and
Claflin's Weekly". Esta versión inglesa fue traducida al francés
y apareció en Le Socialíste de Nueva York. Desde entonces
dos o más traducciones inglesas, más o menos deficientes,
aparecieron en Norte-américa, y una de ellas fue reeditada en Inglaterra.
La primera traducción rusa, hecha por Bakunin, fue publicada en
la imprenta del Kólokol de Herzen en Ginebra, hacia 1863; la segunda,
debida a la heroica Vera Zasúlich, vio la luz también en
Ginebra en 1882. Una nueva edición danesa se publicó en "Socialdemokratisk
Bibliothek", en Copenhague, en 1885; apareció una nueva traducción
francesa en Le Socialíste de París en 1880. De esta última
se preparó y publicó en Madrid, en 1886, una versión
español. Esto sin mencionar las reediciones alemanas, que han sido
por lo menos doce. Una traducción armenia, que debía haber
sido impresa hace unos meses en Constan-tinopla, no ha visto la luz, según
tengo entendido, porque el editor temió sacar un libro con el nombre
de Marx y el traductor se negó a hacer pasar el "Manifiesto" por
su propia obra. Tengo noticia de traducciones posteriores en otras lenguas,
pero no las he visto. Y , así, la historia del "Mani-fiesto" refleja
en medida considerable la historia del movi-miento moderno de la clase
obrera; actualmente es, sin duda, la obra más difundida, la
más internacional de toda la literatura socialista, la plataforma
común aceptada por millones de trabajadores, desde Síberia
hasta California.
Sin embargo, cuando fue escrito no pudimos titularle Manifiesto Socialista.
En 1847 se llamaban socialistas, por una parte, todos los adeptos de los
diferentes sistemas utópicos: los owenistas en Inglaterra y los
fourieristas en Francia, reducidos ya a meras sectas y en proceso de extinción
paulatina; de otra parte, toda suerte de curanderos sociales que prometían
suprimir, con sus diferentes emplastos, las lacras sociales sin dafiar
al capital ni a la ganancia. En ambos casos, gentes que se hallaban fuera
del movimiento obrero y que buscaban apoyo más bien en las clases
"instruidas". En cambio, la parte de la clase obrera que había llegado
al convencimiento de la insuficiencia de las simples revoluciones políticas
y proclamaba la necesidad de una transformación fundamental de toda
la sociedad, se llamaba entonces comunista., Era un comunismo rudimenentario
y tosco, puramente instintivo; sin embargo, supo percibir lo más
importante y se mostró suficientemente fuerte en la clase obrera
para producir el comunismo utópico de Cabet en Francia y el de Weitling
en Alemania. Así, el socialismo, en 1847 era un movimiento de la
clase burguesa. y el comunismo lo era de la clase obrera. El socialismo
era, al menos en el continente, cosa "respetable"; el comunismo, todo lo
contrario. Y como nosotros manteníamos desde un principio que "la
emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera
misma", para nosotros no podía haber duda alguna sobre cuál
de las dos denominaciones procedía elegir. Más aún,
después no se nos ha ocurrido jamás renunciar a ella.
Aunque el "Manifiesto" es nuestra obra común, considérome
obligado a señalar que la tesis fundamental, el núcleo del
mismo, pertenece a Marx. Esta tesis afirma que en cada época histórica
el modo predominante de producción económica y de cambio
y la organización social que de él se deriva necesariamente,
es la base sobre la cual se levanta y la única que explica, la historia
política e intelectual de dicha época; que, por tanto (después
de la disolución de la sociedad gentilicia primitiva con su propiedad
comunal de la tierra), toda la historia de la humanidad ha sido una historia
de lucha de clases, de lucha entre explotadores y explotados, entre clases
dominantes y clases oprimidas; que la historia de esas luchas de clases
es una serie de evoluciones, que ha alcanzado en el presente un grado tal
de desarrollo en que la clase explotada y oprimida -el proletariado- no
puede emanciparse del yugo de la clase explotadora y dominante -la burguesía-
sin emancipar al mismo tiempo, y para siempre, a toda la sociedad
de toda explotación, opresión, división en clases
y lucha de clases.
A esta idea. llamada, según creo, a ser para la Historia lo
que la teoría de Darwin ha sido para la Biología, ya ambos
nos habíamos ido acercando poco a poco, varios años antes
de 1845. Hasta qué punto yo avancé independientemente en
esta dirección, puede verse mejor en mi "Situación de la
clase obrera en Inglaterra"*. Pero cuando me volví a encontrar con
Marx en Bruselas, en la primavera de 1845, él ya había elaborado
esta tesis y me la expuso en términos casi tan claros como los que
he expresado aquí.
Cito las siguientes palabras del prefacio a la edición alemana
de 1872, escrito por nosotros conjuntamente:
"Aunque las condiciones hayan cambiado mucho en los últimos veinticinco
años, los principios generales expuestos en este Manifiesto siguen
siendo hoy, en su conjunto, enteramente acertados. Algunos puntos deberían
ser retocados. El mismo Manifiesto explica que la aplicación práctica
de estos principios dependerá siempre, y en todas partes. de las
circunstancias históricas existentes, y que, por tanto, no se concedelimportancia
exclusiva a las medidas revolucionarias enumeradas al final del capítulo
II. Este pasaje tendría que ser redactado hoy de distinta manera,
en más de un aspecto. Dado el desarrollo colosal de la gran industria
en los últimos veinticinco años, y con éste, el de
la organización del partido de la clase obrera; dadas las experiencias
prácticas, primero, de la revolución de Febrero, y después,
en mayor grado aún, de la Comuna de París, que eleva por
primera vez al proletariado, durante dos meses, al Poder político,
este programa ha envejecido en algunos de sus puntos. La Comuna ha demostrado,
sobre todo, que 'la clase, obrera no puede simple mente tomar posesión
de la máquina estatal existente y ponerla en marcha para sus propios
fines'. (Véase "The Civil War in France; Actress of the General
Council of the International Working-men's Association". London, Truelove,
1871, P. 15 donde esta idea está más extensamente desarrollada.)
Además, evidentemente, la crítica de la literatura socialista
es incompleta para estos momentos, pues sólo llega a 1847; y al
propio tiempo, si las observaciones que se hacen sobre la actitud de los
comunistas ante los diferentes partidos de oposición (capítulo
IV) son exactas todavía en sus trazos generales, han quedado anticuadas
en la práctica, ya que la situación política ha cambiado
completamente y el desarrollo histórico ha borrado de la faz de
la tierra a la mayoría de los partidos que allí se enumeran.
Sin embargo, el Manifiesto es un documento histórico que ya
no tenemos derecho a modificar."
La presente traducción se debe a Mr. Samuel Moore, traductor
de la mayor parte de "El Capital" de Marx. Hemos revisado juntos la traducción
y he añadido unas notas para explicar las alusiones históricas.
F. Engels
Londres, 3o de enero de 488.
PREFACIO DE F. ENGELS A LA EDICIÓN
ALEMANA DE 1890
En el tiempo transcurrido desde que fue escrito lo que precede, se ha
hecho imprescindible una nueva edición alemana del Manifiesto, e
interesa recordar aquí los acontecimientos con él relacionados.
Una segunda traducción rusa -debida a Vera Zasúlich apareció
en Ginebra en 1882; Marx y yo redactamos el prefacio. Desgraciadamente,
he perdido el manuscrito alemán original, y debo retraducir del
ruso, lo que no es de ningún beneficio para el texto. Dice:
"La primera edición rusa del Manifiesto del Partido Comunista,
traducido por Bakunin, Fue hecha a principios de la década del 60
en la imprenta de Kólokol. En aquel tiempo, Una edición
rusa de aquella obra podía parecer a Occidente tan sólo una
curiosidad literaria. Hoy, semejante concepto sería imposible.
Cuán reducido era el terreno de acción del movimiento
proletario en aquel entonces (diciembre de 1847) lo demuestra mejor que
nada el último capítulo del Manifiesto: Actitud de los comunistas
ante los diferentes partidos de oposición en los diversos países.
Rusia y los Estados Unidos, precisamente, no fueron mencionados. Era el
momento en que Rusia formaba la última gran reserva de la reacción
europea y en que la emigración a los Estados Unidos absorbía
el exceso de fuerzas del proletariado de Europa. Estos dos países
proveían a Europa de materias primas y eran al propio tiempo mercados
para la venta de la producción industrial de ésta. Los dos
eran, pues, de una u otra manera, pilares del orden vigente en Europa.
¡Cuán cambiado está todo! Precisamente la
inmigración europea ha hecho posible el colosal desenvolvimiento
de la agricultura en América del Norte, cuya competencia conmueve
los cimientos mismos de la grande y pequeña propiedad territorial
de Europa. Es ella la que ha dado, además, a los Estados Unidos
la posibilidad de emprender la explotación de sus enormes recursos
industriales, con tal energía y en tales proporciones que en breve
plazo ha de terminar con el monopolio industrial de la Europa Occidental,
y especialmente con el de Inglaterra. Estas dos circunstancias repercuten
a su vez de una manera revolucionaria sobre la misma Norteamérica.
La pequeña y mediana propiedad agraria de los granjeros, piedra
angular de todo el régimen político de Norteamérica,
sucumben gradualmente ante la competencia de granjas gigantescas, mientras
que en las regiones industriales se forma, por vez primera, un numeroso
proletariado junto a una fabulosa concentración de capitales.
¿Y en Rusia? Al producirse la revolución de 1848-1849,
no sólo los monarcas de Europa, sino también los burgueses
europeos veían en la intervención rusa el único medio
de salvación contra el proletariado, que empezaba a despertar. El
zar fue aclamado como el jefe de la reacción europea. Ahora es,
en Gátchina, el prisionero de guerra de la revolución, y
Rusia está en la vanguardia del movimiento revolucionario de Europa.
El Manifiesto Comunista se propuso como tarea proclamar la desaparición
próxima e inevitable de la moderna propiedad burguesa. Pero en Rusia,
al lado del florecimiento febril del fraude capitalista y de la propiedad
territorial burguesa en vías de formación, más de
la mitad de la tierra es posesión comunal de los campesinos. Cabe,
entonces, la pregunta: ¿podría la comunidad rural rusa -forma
por cierto ya muy desnaturalizada de la propiedad común de la tierra-
pasar directamente a la forma superior de la propiedad colectiva, a la
forma comunista, o, por el contrario, deberá pasar primero por el
mismo proceso de disolución que constituye el desarrollo histórico
de occidente?
La única respuesta que se puede dar hoy a esta cuestión
es la siguiente: si la revolución rusa da una señal para
una revolución en Occidente, de modo que ambas se completen, la
actual propiedad común de la tierra en Rusia podrá servir
de punto de partida para el desarrollo comunista.
Carlos Marx, Federico Engels
Londres, 21 de enero de 1882"
Una nueva traducción polaca apareció por aquella época
en Ginebra: Manifest Kommunistyczny.
Después ha aparecido una nueva traducción danesa en la
"Socialdemokratisk Bibliothek, Kjúbenhavn 1885". Desgraciadamente,
no es completa; algunos pasajes esenciales, al parecer por dificultades
de traducción, han sido omitidos, y, en general, en algunos pasajes
se notan señales de negligencia, tanto más lamentables cuanto
que se ve por el resto que la traducción habría podido ser
excelente con un poco más de cuidado por parte del traductor.
En 1886 apareció una nueva traducción francesa en Lo
Socialiste de París; es hasta ahora la mejor.
De ésta fue hecha una traducción al español, que
se publicó en el mismo año, primero en El Socialista de Madrid
y luego .en un folleto: Manifiesto del Partido Comunista, por Carlos Marx
y F. Engels. Madrid. Administración de El Socialista, Hernán
Cortés, 8.
A título de curiosidad diré que en 1887 fue ofrecido
a un editor de Constantinopla el manuscrito de una traducción armenia;
pero al buen hombre le faltó valor para imprimir un trabajo en el
que figuraba el nombre de Marx, y pensó que sería preferible
que el traductor apareciese como autor; lo que el traductor se negó
a hacer.
Después de haberse reimprimido diferentes veces en Inglaterra
ciertas traducciones norteamericanas más o menos inexactas, apareció
por fin, en 18U, una traducción auténtica. Esta es debida
a mi amigo Samuel Moore, y ha sido revisada por los dos antes de su impresión.
Lleva por título: Manifesto of the Communist Party, by Karl Marx
and Frederick Engels. Authorized English Translation, edited and annotated
by Frederick Engels. 1888, London, William Reeves, 185 Fleet st. E. C.
He reproducido en la presente edición algunas notas escritas por
mí para esta traducción inglesa.
El Manifiesto tiene su historia propia. Recibido con entusiasmo en
el momento de su aparición por la entonces aún poco numerosa
vanguardia del socialismo científico (como lo prueban las traducciones
citadas en el primer prefacio) fue pronto relegado a segundo plano a causa
de la reacción que siguió a la derrota de los obreros parisinos,
en julio de 1848, y proscrito “de derecho” a consecuencia de la condena
de los comunistas de Colonia, en noviembre de 1852. Y al desaparecer de
la arena pública el movimiento obrero que se inició con la
revolución de febrero, el Manifiesto pasó también
a segundo plano.
Cuando la clase obrera europea hubo recuperado las fuerzas suficientes
para emprender un nuevo ataque contra el poderío de las clases dominantes,
surgió la Asociación Internacional de los Trabajadores. Esta
tenía por objeto reunir en un inmenso ejército único
a toda la clase obrera combativa de Europa y América. No podía,
pues, partir de los principios expuestos en el Manifiesto. Debía
tener un programa que no cerrara las puertas a las tradeuniones inglesas,
a los proudhonianos
franceses, belgas, italianos y españoles, y a los lassalleanos
alemanes*. Este programa, -el preámbulo de los Estatutos de la Internacional-
fue redactado por Marx con una maestría que fue reconocida hasta
por Bakunin y los anarquistas. Para el triunfo definitivo de las tesis
expuestas en el Manifiesto, Marx confiaba tan sólo en el desarrollo
intelectual de la clase obrera, que debía resultar inevitablemente
de la acción conjunta y de la discusión. Los acontecimientos
y las vicisitudes de la lucha contra el capital, las derrotas, más
aún que las victorias, no podían dejar de hacer ver a los
combatientes la insuficiencia de todas las panaceas en que hasta entonces
habían creído y de tornarles más capaces de penetrar
hasta las verdaderas condiciones de la emancipación obrera. Y Marx
tenla razón. La clase obrera de 1874, cuando la Internacional dejó
de existir, era muy diferente de la de 1864, en el momento de su fundación.
El proudhonismo en los países latinos y el lassalleanismo específico
en Alemania estaban en la agonía, e incluso las tradeuniones inglesas
de entonces, ultraconservadoras, se iban acercando poco a poco al momento
en que el presidente de su Congreso** de Swansea, en 1887, pudiera decir
en su nombre: "El socialismo continental ya no nos asusta". Pero, en 1887,
el socialismo continental era casi exclusivamente la teoría formulada
en el Manifiesto. Y así, la historia del Manifiesto refleja hasta
cierto punto la historia del movimiento obrero moderno desde 1848. Actualmente
es, sin duda, la obra más difundida, la más internacional
de toda la literatura socialista, el programa común de muchos millones
de obreros de todos los países, desde Siberia hasta California.
Y, sin embargo, cuando apareció no pudimos titularle Manifiesto
Socialista. En 1847, se comprendía con el nombre de socialista a
dos categorías de personas. De un lado, los partidarios de diferentes
sistemas utópicos, particularmente los owenistas en Inglaterra y
los fourieristas en Francia, que no eran ya sino simples sectas en proceso
de extinción paulatina. De otro lado, los más diversos curanderos
sociales que aspiraban a suprimir, con sus variadas panaceasy enplastos
de toda suerte, las lacras sociales sin dañar en lo más mínimo
al capital ni a la ganancia. En ambos casos, gentes que se hallaban fuera
del movimiento obrero y que buscaban apoyo más bien en las clases
"instruidas". En cambio, la parte de los obreros que, convencida de la
insuficiencia de las revoluciones meramente políticas, exigía
una transformación radical de la sociedad, se llamaba entonces comunista.
Era un comunismo apenas elaborado, sólo instintivo, a veces algo
tosco; pero fue asaz pujante para crear dos sistemas de comunismo utópico:
en Francia, el "icario", de Cabet, y en Alemania, el de Weitling. El socialismo
representaba en 1847 un movimiento burgués; el comunismo, un movimiento
obrero. El socialismo era, al menos en el continente, muy respetable; el
comunismo era todo lo contrario. Y como nosotros ya en aquel tiempo sosteníamos
muy decididamente el criterio de que "la emancipación de la clase
obrera debe ser obra de la clase obrera misma", no pudimos vacilar un instante
sobre cuál de las dos denominaciones procedía elegir. Y posteriormente
no se nos ha ocurrido jamás renunciar a ella.
¡Proletarios de todos los países, uníos! Sólo
unas pocas voces nos respondieron cuando lanzamos estas palabras por el
mundo, hace ya cuarenta y dos años, en vísperas de la primera
revolución parisiense, en la que el proletariado actuó planteando
sus propias reivindicaciones. Pero, el 28 de septiembre de 1864, los proletarios
de la mayoría de los países de la Europa Occidental se unieron
formando la Asociación Internacional de los Trabajadores, de gloriosa
memoria. Bien es cierto que la Internacional vivió tan sólo
nueve años, pero la unión eterna que estableció entre
los proletarios de todos los países vive todavía y subsiste
más fuerte que nunca, y no hay mejor prueba de ello que la jornada
de hoy. Pues, hoy, en el momento en que escribo estas líneas, el
proletariado de Europa y América pasa revista a sus fuerzas, movilizadas
por vez primera en un solo ejército, bajo una sola bandera y para
un solo objetivo inmediato: la fijación legal de la jornada normal
de ocho horas, proclamada ya en 1866 por el Congreso de la Internacional
celebrado en Ginebra y de nuevo en 1889 por el Congreso obrero de París.
El espectáculo de hoy demostrará a los capitalistas y a los
terratenientes de todos los países que, en efecto, los proletarios
de todos los países están unidos.
¡Oh, si Marx estuviese a mi lado para verlo con sus propios ojos!
F. Engels
Londres, 1 de mayo de 1890
Publicado en el libro
Das Kommunistische Manifest,
London, 1890.
PREFACIO DE F. ENGELS A LA EDICION
POLACA. DE 1892
El que una nueva edición polaca del Manifiesto Comunista sea
necesaria, invita a diferentes reflexiones.
Ante todo conviene señalar que, durante los últimos tiempos,
el Manifiesto ha pasado a ser, en cierto modo, un índice del desarrollo
de la gran industria en Europa. A medida que en un país se desarrolla
la gran industria, se ve crecer entre los obreros de ese país el
deseo de comprender su situación, como tal clase obrera, con respecto
a la clase de los poseedores; se ve progresar entre ellos el movimiento
socialista y aumentar la demanda de ejemplares del Manifiesto. Así
pues, el número de estos ejemplares di fundidos en un idioma permite
no sólo determinar, con bastante exactitud, la situación
del movimiento obrero, sino también el grado de desarrollo de la
gran industria en cada país.
Por eso la nueva edición polaca del Manifiesto indica el decisivo
progreso de la industria de Polonia. No hay duda que tal desarrollo ha
tenido lugar realmente en los diez años transcurridos desde la última
edición. La Polonia Rusa, la del Congreso, ha pasado a ser una región
industrial del Imperio Ruso. Mientras la gran industria rusa se halla dispersa
-una parte se encuentra en la costa del Golfo de Finlandia, otra en las
provincias del centro (Moscú y VIadimir), otra en los litorales
del Mar Negro y del Mar de Azov, etc.-, la industria polaca está
concentrada en una extensión relativamente pequeña y goza
de todas las ventajas e inconvenientes de tal concentración. Las
ventajas las reconocen los fabricantes rusos, sus competidores, al reclamar
aranceles protectores contra Polonia, a pesar de su ferviente deseo de
rusificar a los polacos. Los inconvenientes -para los fabricantes polacos
y, para el gobierno ruso- residen en la rápida difusión de
las ideas socialistas entre los obreros polacos y en la progresiva demanda
del Manifiesto.
Pero el rápido desarrollo de la industria polaca, que sobrepasa
al de la industria rusa, constituye a su vez una nueva prueba de la inagotable
energía vital del pueblo polaco y una nueva garantía de su
futuro renacimiento nacional. El resurgir de una Polonia independiente
y fuerte es cuestión que interesa no sólo a los polacos,
sino a todos nosotros. La sincera colaboración internacional de
las naciones europeas sólo será posible cuando cada una de
ellas sea completamente dueña de su propia casa. La revolución
de 1848, que, al fin y a la postre, no llevó a los combatientes
proletarios que luchaban bajo la bandera del proletariado, más que
a sacarle las castañas del fuego a la burguesía, ha llevado
a cabo, por obra de sus albaceas testamentarios -Luis Bonaparte y Bismarck-,
la independencia de Italia, de Alemania y de Hungría. En cambio
Polonia, que desde 1792 había hecho por la revolución más
que esos tres países juntos, fue abandonada a su propia suerte en
1863, cuando sucumbía bajo el empuje de fuerzas rusas diez veces
superiores. La nobleza polaca no fue capaz de defender ni de reconquistar
su independencia; hoy por hoy, a la burguesía, la independencia
de Polonia le es, cuando menos, indiferente. Sin embargo, para la colaboración
armónica de las naciones europeas, esta independencia es una necesidad.
Y sólo podrá ser conquistada por el joven proletariado polaco.
En manos de él, su destino está seguro, pues para los obreros
del resto de Europa la independencia de Polonia es tan necesaria como para
los propios obreros polacos.
F. Engels
Londres, 10 de febrero de 1892
Publicado en la revista
Przedswit, Nº 35, el 27
De febrero de 1892 y en
el libro: K. Marx i F. Engels,
Manifest Komunistyczny,
Londyn, 1892.
PREFACIO DE F. ENGELS A LA EDICION
ITALIANA DE 1893
A los lectores italianos
La publicación del Manifiesto del Partido Comunista coincidió,
por decirlo así, con la jornada del 18 de marzo de 1848, con las
revoluciones de Milán y de Berlín que fueron las insurrecciones
armadas de dos naciones que ocupan zonas centrales: la una en el continente
europeo, la otra en el Mediterráneo; dos naciones que hasta entonces
estaban debilitadas por el fraccionamiento de su territorio y por discordias
intestinas que las hicieron caer bajo la dominación extranjera.
Mientras Italia se hallaba subyugada por el emperador austríaco,
el yugo que pesaba sobre Alemania -el del zar de todas las Rusias- no era
menos real, si bien más indirecto. Las consecuencias del 18 de marzo
de 1848 liberaron a Italia y a Alemania de este oprobio. Entre 1848 y 1871
las dos grandes naciones quedaron restablecidas y, de uno u otro modo,
recobraron su independencia, y este hecho, como decía Carlos Marx,
se debió a que los mismos personajes que aplastaron la revolución
de 1848 fueron, a pesar suyo, sus albaceas testamentarios.
La revolución de 1848 había sido, en todas partes, obra
de la clase obrera: ella habla levantado las barricadas y ella había
expuesto su vida. Pero fueron sólo los obreros de París quienes,
al derribar al gobierno, tenían la intención bien precisa
de acabar a la vez con todo el régimen burgués. Y aunque
tenían ya conciencia del irreductible antagonismo que existe entre
su propia clase y la burguesía, ni el progreso económico
del país ni el desarrollo intelectual de las masas obreras francesas
habían, alcanzado aún el nivel que hubiese permitido llevar
a cabo una reconstrucción social. He aquí por qué
los frutos de la revolución fueron, al fin y a la postre, a parar
a manos de la clase capitalista. En otros países, en Italia, en
Alemania, en Austria, los obreros, desde el primer momento, no hicieron
más que ayudar a la burguesía a conquistar el poder. pero
en ningún país la dominación de la burguesía
es posible sin la independencia nacional. Por eso, la revolución
de 1848 debía conducir a la unidad y a la independencia de las naciones
que hasta entonces no las habían conquistado: Italia, Alemania,
Hungría. Polonia les seguirá.
Así, pues, aunque la revolución de 1848 no fue una revolución
socialista, desbrozó el camino y preparó el terreno para
esta última. El régimen burgués, en virtud del vigoroso
impulso que dio en todos los países al desenvolvimiento de la gran
industria, ha creado en el curso de los últimos 45 años un
proletariado numeroso, fuerte y unido y ha producido así -para emplear
la expresión del Manifiesto- a sus propios sepultureros. Sin restituir
la Independencla y la unidad de- cada nación no es posible realizar
la unión internacional del proletariado ni la cooperación
pacífica e Inteligente de esas naciones para el logro de objetivos
comunes. ¿Acaso es posible concebir la acción mancomunada
e internacional de los obreros italianos, húngaros, alemanes, polacos
y rusos en las condiciones políticas que existieron hasta 1848?
Esto quiere decir que los combates de 1848 no han pasado en vano; tampoco
han pasado en vano los 45 años que nos separan de esa época
revolucionaria. Sus frutos comienzan a madurar y todo lo que yo deseo es
que la publicación de esta traducción italiana sea un buen
augurio para la victoria del proletariado italiano, como la publicación
del original lo fue para la revolución internacional.
El Manifiesto rinde plena justicia a los servicios revolucionarios
prestados por el capitalismo en el pasado. La primera nación capitalista
fue Italia. Marca el fin del medioevo feudal y la aurora de la era capitalista
contemporánea la figura gigantesca de un italiano, el Dante, que
es a la vez el último poeta de la Edad Media y el primero de los
tiempos modernos. Ahora, como en 1300, comienza a despuntar una nueva era
histórica. ¿Nos dará Italia al nuevo Dante que marque
la hora del nacimiento de esta nueva era proletaria?
Federico Engels
Londres, 1 de febrero de 1893
Publicado en el libro:
Carlos Marx e Federico Engels,
Il Manifiesto del Partido Comunista,
Milano, 1893.
MANIFIESTO DEL PARTIDO COMUNISTA
Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas
de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma:
el papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes
alemanes.
¿Qué partido de oposición no ha sido motejado
de comunista por sus adversarios en el poder? ¿Qué partido
de oposición, a su vez, no ha lanzado, tanto a los representantes
de la oposición más avanzados, como a sus enemigos reaccionarios,
el epíteto zahiriente de comunista?
De este hecho resulta una doble enseñanza:
Que el comunismo está ya reconocido como una fuerza por
todas las potencias de Europa.
Que ya es hora de que los comunistas expongan a la faz del mundo entero
sus conceptos, sus fines y sus tendencias; que opongan a la leyenda del
fantasma del comunismo un manifiesto del propio partido.
Con este fin, comunistas de las más diversas nacionalidades
se han reunido en Londres y han redactado el siguiente Manifiesto, que
será publicado en inglés, francés, alemán,
italiano, flamenco y danés.
I
BURGUESES Y PROLETARIOS*
La historia de todas las sociedades hasta nuestros días* * es
la historia de las luchas de clases. Hombres libres y esclavos, patricios
y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra:
opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante,
velada unas veces y otras franca y abierta; lucha que terminó siempre
con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento
de las clases en pugna.
En las anteriores épocas históricas encontramos casi
por todas partes una completa diferenciación de la sociedad en diversos
estamentos, una múltiple escala gradual de condiciones sociales.
En la antigua Roma hallamos patricios, caballeros, plebeyos y esclavos;
en la Edad Media, señores feudales, vasallos, maestros, oficiales
y siervos, y, además, en casi todas estas clases todavía
encontramos gradaciones especiales.
La moderna sociedad burguesa, que ha salido de entre las ruinas de
la sociedad feudal, no ha abolido las contradicciones de clase. únicamente
ha sustituido las viejas clases, las viejas condiciones de opresión,
las viejas formas de lucha por otras nuevas.
Nuestra época, la época de la burguesía, se distingue,
sin embargo, por haber simplificado las contradicciones de clase. Toda
la sociedad va dividiéndose, cada vez más, en dos grandes
campos enemigos, en dos grandes clases, que se enfrentan directamente:
la burguesía y el proletariado.
De los siervos de la Edad Media surgieron los vecinos libres de las
primeras ciudades; de este estamento urbano salieron los primeros elementos
de la burguesía.
El descubrimiento de América y la circunnavegación de
Africa ofrecieron a la burguesía en ascenso un nuevo campo de actividad.
Los mercados de la India y de China, la colonización de América,
el intercambio con las colonias, la multiplicación de los medios
de cambio y de las mercancías en general imprimieron al comercio,
a la navegación y a la industria un impulso hasta entonces desconocido,
y aceleraron con ello el desarrollo del elemento revolucionario de la sociedad
feudal en descomposición.
La antigua organización feudal o gremial de la industria ya
no podía satisfacer la demanda, que crecía con la apertura
de nuevos mercados. Vino a ocupar su puesto la manufactura. El estamento
medio industrial suplantó a los maestros de los gremios; la división
del trabajo entre las diferentes corporaciones desapareció ante
la división del trabajo en el seno del mismo taller.
Pero los mercados crecían sin cesar; la demanda iba siempre
en aumento. Ya no bastaba tampoco la manufactura. El vapor y la maquinaria
revolucionaron entonces la producción industrial. La gran industria
moderna sustituyó a la manufactura; el lugar del estamento medio
industrial vinieron a ocuparlo los industriales millonarios -jefes de verdaderos
ejércitos industriales-, los burgueses modernos.
La gran industria ha creado el mercado mundial, ya preparado por el
descubrimiento de América. El mercado mundial aceleró prodigiosamente
el desarrollo del comercio, de la navegación y de los medios de
transporte por tierra. Este desarrollo influyó, a su vez, en el
auge de la industria, y a medida que se iban extendiendo la industria,
el comercio, la navegación y los ferrocarriles, desarrollábase
la burguesía, multiplicando sus capitales y relegando a segundo
término a todas las clases legadas por la Edad Media.
La burguesía moderna, como vemos, es ya de por sí fruto
de un largo proceso de desarrollo, de una serie de revoluciones en el mundo
de producción y de cambio.
Cada etapa de la evolución recorrida por la burguesía
ha ido acompañada del correspondiente progreso político.
Estamento bajo la dominación de los señores feudales; asociación
armada y autónoma en la comuna*; en unos sitios, República
urbana independiente; en otros, tercer estado tributario de la monarquía;
después, durante el periodo de la manufactura, contrapeso de la
nobleza en las monarquías estamentales, absolutas y, en general,
piedra angular de las grandes monarquías, la burguesía, después
del establecimiento de la gran industria y del mercado universal, conquistó
finalmente la hegemonía exclusiva del poder político en el
Estado representativo moderno. El gobierno del Estado moderno no es m s
que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa.
La burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente
revolucionario.
Dondequiera que ha conquistado el poder, la burguesía ha destruido
las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Las abigarradas
ligaduras feudales que ataban al hombre a sus “superiores naturales” las
ha desgarrado sin piedad para no dejar subsistir otro vínculo entre
los hombres que el frío interés, el cruel “pago al contado”.
Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo
caballeresco y el sentimentalismo del pequeño burgués en
las aguas heladas del cálculo egoísta. ha hecho de la dignidad
personal un simple valor de cambio. Ha sustituido las numerosas libertades
escrituradas y adquiridas por la única y desalmada libertad de comercio.
En una palabra, en lugar de la explotación velada por ilusiones
religiosas y políticas, ha establecido una explotación abierta,
descarada, directa y brutal.
La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones
que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso
respeto. Al médico, al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta, al
hombre de ciencia, los ha convertido en sus servidores asalariados.
La burguesía ha desgarrado el velo de emocionante sentimentalismo
que encubría las relaciones familiares, y las ha reducido a simples
relaciones de dinero.
La burguesía ha revelado que la brutal manifestación
de fuerza en la Edad Media, tan admirada por la reacción, tenía
su complemento natural en la más relajada holgazanería. Ha
sido ella la primera en demostrar lo que puede realizar la actividad humana;
ha creado maravillas muy distintas a las pirámides de Egipto, a
los acueductos romanos y a las catedrales góticas, y ha realizado
campañas muy distintas a las migraciones de los pueblos y a las
Cruzadas.
La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar
incesantemente los instrumentos de producción, y con ello todas
las relaciones sociales. La conservación del antiguo modo de producción
era, por el contrario, la primera condición de existencia de todas
las clases industriales precedentes. Una revolución continua en
la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones
sociales, una inquietud y un movimiento constantes distinguen la época
burguesa de todas las anteriores. Todas las relaciones estancadas y enmohecidas,
con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan
rotas, las nuevas se hacen añejas antes de llegar a osificarse.
Todo lo estamental y estancado de esfuma; todo lo sagrado es profanado,
y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones
de existencia y sus relaciones recíprocas.
Espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a sus productos,
la burguesía recorre el mundo entero. Necesita anidar en todas partes,
establecerse en todas partes, crear vínculos en todas partes.
Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía
ha dado un carácter cosmopolita a la producción y al consumo
de todos los países. Con gran sentimiento de los reaccionarios,
ha quitado a la industria su base nacional. Las antiguas industrias nacionales
han sido destruidas y están destruyéndose continuamente.
Son suplantadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte
en cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias
que ya no emplean materias primas indígenas, sino materias primas
venidas de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos
no sólo se consumen en el propio país, sino en todas las
partes del globo. En lugar de las antiguas necesidades, satisfechas con
productos nacionales, surgen necesidades nuevas, que reclaman para su satisfacción
productos de los países más apartados y de los climas más
diversos. En lugar del antiguo aislamiento y la autarquía de las
regiones y naciones, se establece un intercambio universal, una interdependencia
universal de las naciones. Y esto se refiere tanto a la producción
material, como a la intelectual. La producción intelectual de una
nación se convierte en patrimonio común de todas. La estrechez
y el exclusivismo nacionales resultan de día en día más
imposibles; de las numerosas literaturas nacionales y locales se forma
una literatura universal.
Merced al rápido perfeccionamiento de los instrumentos de producción
y al constante progreso de los medios de comunicación, la burguesía
arrastra a la corriente de la civilización a todas las naciones,
hasta las más bárbaras. los bajos precios de sus mercancías
constituyen la artillería pesada que derrumba todas las murallas
de China y hace capitular a los bárbaros más fanáticamente
hostiles a los extranjeros. Obliga a todas las naciones, si no quieren
sucumbir, a adoptar el modo burgués de producción, las constriñe
a introducir la llamada civilización, es decir, a hacerse burgueses.
En una palabra: se forja un mundo a su imagen y semejanza.
La burguesía ha sometido el campo al dominio de la ciudad. Ha
creado urbes inmensas; ha aumentado enormemente la población de
las ciudades en comparación con las del campo, sustrayendo una gran
parte de la población al idiotismo de la vida rural. Del mismo modo
que ha subordinado el campo a la ciudad, ha subordinado los países
bárbaros o semibárbaros a los países civilizados,
los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente.
La burguesía suprime cada vez más el fraccionamiento
de los medios de producción, de la propiedad y de la población.
Ha aglomerado la población, centralizado los medios de producción
y concentrado la propiedad en manos de unos pocos. La consecuencia obligada
de ello ha sido la centralización política. Las provincias
independientes, ligadas entre sí casi únicamente por lazos
federales, con intereses, leyes, gobiernos y tarifas aduaneras diferentes,
han sido consolidadas en una sola nación, bajo un solo gobierno,
una sola ley, un solo interés nacional de clase y una sola línea
aduanera.
La burguesía, a lo largo de su dominio de clase, que cuenta
apenas con un siglo de existencia, ha creado fuerzas productivas m s abundantes
y m s grandiosas que todas las generaciones pasadas juntas. El sometimiento
de las fuerzas de la naturaleza, el empleo de las m quinas, la aplicación
de la química a la industria y a la agricultura, la navegación
de vapor, el ferrocarril, el telégrafo eléctrico, la asimilación
para el cultivo de continentes enteros, la apertura de los ríos
a la navegación, poblaciones enteras surgiendo por encanto, como
si salieran de la tierra. ¿Cuál de los siglos pasados pudo
sospechar siquiera que semejantes fuerzas productivas dormitasen en el
seno del trabajo social?
Hemos visto, pues, que los medios de producción y de cambio,
sobre cuya base se ha formado la burguesía, fueron creados en la
sociedad feudal. Al alcanzar un cierto grado de desarrollo estos medios
de producción y de cambio, las condiciones en que la sociedad feudal
producía y cambiaba, la organización feudal de la agricultura
y de la industria manufacturera, en una palabra, las relaciones feudales
de propiedad, cesaron de corresponder a las fuerzas productivas ya desarrolladas.
Frenaban la producción en lugar de impulsarla. Se transformaron
en otras tantas trabas. Era preciso romper esas trabas, y las rompieron.
En su lugar se estableció la libre concurrencia, con una constitución
social y política adecuada a ella y con la dominación económica
y política de la clase burguesa.
Ante nuestros ojos se está produciendo un movimiento análogo.
Las relaciones burguesas de producción y de cambio, las relaciones
burguesas de propiedad, toda esa sociedad burguesa moderna, que ha hecho
surgir como por encanto tan potentes medios de producción y de cambio,
se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales
que ha desencadenado con sus conjuros. Desde hace algunas décadas,
las historia de la industria y del comercio no es m s que la historia de
la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las actuales
relaciones de producción, contra las relaciones de propiedad que
condicionan la existencia de la burguesía y su dominación.
Basta mencionar las crisis comerciales que, con su retorno periódico,
plantean, en forma cada vez m s amenazante, la cuestión de la existencia
de toda la sociedad burguesa. Durante cada crisis comercial se destruye
sistemáticamente, no sólo una parte considerable de productos
elaborados, sino incluso de las mismas fuerzas productivas ya creadas.
Durante las crisis, una epidemia social, que en cualquier época
anterior hubiera parecido absurda, se extiende sobre la sociedad: la epidemia
de la superproducción. La sociedad se encuentra súbitamente
retrotraída a un estado de súbita barbarie: diríase
que el hambre, que una guerra devastadora mundial la han privado de todos
sus medios de subsistencia; la industria y el comercio parecen aniquilados.
Y todo eso, ¿por qué? Porque la sociedad posee demasiada
civilización, demasiados medios de vida, demasiada industria, demasiado
comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no favorecen ya el régimen
de la propiedad burguesa; por el contrario, resultan ya demasiado poderosas
para estas relaciones, que constituyen un obstáculo para su desarrollo;
y cada vez que las fuerzas productivas salvan este obstáculo, precipitan
en el desorden a toda la sociedad burguesa y amenazan la existencia de
la propiedad burguesa. Las relaciones burguesas resultan demasiado estrechas
para contener las riquezas creadas en su seno. ¿Cómo vence
esta crisis la burguesía? De una parte, por la destrucción
obligada de una masa de fuerzas productivas; de la otra, por la conquista
de nuevos mercados y la explotación m s intensa de los antiguos.
¿De qué‚ modo lo hace, pues? Preparando crisis más
extensas y más violentas y disminuyendo los medios de prevenirlas.
Las armas de que se sirvió la burguesía para derribar
al feudalismo se vuelven ahora contra la propia burguesía.
Pero la burguesía no ha forjado solamente las armas que deben
darle muerte; ha producido también a los hombres que empuñarán
esas armas: los obreros modernos, los proletarios.
En la misma proporción en que se desarrolla la burguesía,
es decir, el capital, desarróllase también el proletariado,
la clase de los obreros modernos, que no viven sino a condición
de encontrar trabajo, y lo encuentran únicamente mientras su trabajo
acrecienta el capital. Estos obreros, obligados a venderse al detalle,
son una mercancía como cualquier otro artículo de comercio,
sujeta, por tanto, a todas las vicisitudes de la competencia, a todas las
fluctuaciones del mercado.
El creciente empleo de las m quinas y la división del trabajo
quitan al trabajo del proletariado todo carácter propio y le hacen
perder con ello todo atractivo para el obrero. Este se convierte en un
simple apéndice de la máquina, y sólo se le exigen
las operaciones más sencillas, más monótonas y de
más fácil aprendizaje. Por tanto, lo que cuesta hoy día
el obrero se reduce poco más o menos a los medios de subsistencia
indispensables para vivir y para perpetuar su linaje. Pero el precio de
todo trabajo, como el de toda mercancía, es igual a los gastos de
producción. Por consiguiente, cuanto más fastidioso resulta
el trabajo, más bajan los salarios. Más aún, cuanto
más se desenvuelven la maquinaria y la división del trabajo,
más aumenta la cantidad de trabajo bien mediante la prolongación
de la jornada, bien por el aumento del trabajo exigido en un tiempo dado,
la aceleración del movimiento de las máquinas, etc.
La industria moderna ha transformado el pequeño taller del maestro
patriarcal en la gran fábrica del capitalista industrial. Masas
de obreros, hacinados en la fábrica, son organizados en forma militar.
Como soldados rasos de la industria, est n colocados bajo la vigilancia
de toda jerarquía de oficiales y suboficiales. No son solamente
esclavos de la clase burguesa, del Estado burgués, sino diariamente,
a todas horas, esclavos de la máquina, del capataz y, sobre todo,
del burgués individual, patrón de la fábrica. Y este
despotismo es tanto más mezquino, odioso y exasperante, cuanto mayor
es la franqueza con que proclama que no tiene otro fin que el lucro.
Cuanto menos habilidad y fuerza requiere el trabajo manual, es decir,
cuanto mayor es el desarrollo de la industria moderna, mayor es la proporción
en que el trabajo de los hombres es suplantado por el de las mujeres y
los niños. Por lo que respecta a la clase obrera, las diferencias
de edad y sexo pierden toda significación social. No hay m s que
instrumentos de trabajo, cuyo coste varía según la edad y
el sexo.
Una vez que el obrero ha sufrido la explotación del fabricante
y ha recibido su salario en metálico, se convierte en víctima
de otros elementos de la burguesía: el casero, el tendero, el prestamista,
etc.
Pequeños industriales, pequeños comerciantes y rentistas,
artesanos y campesinos, toda la escala inferior de las clases medias de
otro tiempo, caen en las filas del proletariado; unos, porque sus pequeños
capitales no les alcanzan para acometer grandes empresas industriales y
sucumben en la competencia con los capitalistas más fuertes; otros,
porque su habilidad profesional se ve despreciada ante los nuevos métodos
de producción. De tal suerte, el proletariado se recluta entre todas
las clases de la población.
El proletariado pasa por diferentes etapas de desarrollo. Su lucha
contra la burguesía comienza con su surgimiento.
Al principio, la lucha es entablada por obreros aislados, después,
por los obreros de una misma fábrica, m s tarde, por los obreros
del mismo oficio de la localidad contra el burgués individual que
los explota directamente. No se contentan con dirigir sus ataques contra
las relaciones burguesas de producción, y los dirigen contra los
mismos instrumentos de producción: destruyen las mercancías
extranjeras que les hacen competencia, rompen las máquinas, incendian
las fábricas, intentan reconquistar por la fuerza la posición
perdida del artesano de la Edad Media.
En esta etapa, los obreros forman una masa diseminada por todo el país
y disgregada por la competencia. Si los obreros forman masas compactas,
esta acción no es todavía consecuencia de su propia unión,
sino de la unión de la burguesía, que para alcanzar sus propios
fines políticos debe -y por ahora aún puede- poner en movimiento
a todo el proletariado. Durante esta etapa, los proletarios no combaten,
por tanto, contra sus propios enemigos, sino contra los enemigos de sus
enemigos, es decir, contra los restos de la monarquía absoluta,
los propietarios territoriales, los burgueses no industriales y los pequeños
burgueses. Todo el movimiento histórico se concentra de esta suerte,
en manos de la burguesía; cada victoria alcanzada en estas condiciones
es una victoria de la burguesía.
Pero la industria, en su desarrollo, no sólo acrecienta el número
de proletarios, sino que les concentra en masas considerables; su fuerza
aumenta y adquieren mayor conciencia de la misma. Los intereses y las condiciones
de existencia de los proletarios se igualan cada vez más a medida
que la máquina va borrando las diferencias en el trabajo y reduce
el salario, casi en todas partes, a un nivel igualmente bajo. Como resultado
de la creciente competencia de los burgueses entre sí y de las crisis
comerciales que ella ocasiona, los salarios son cada vez más fluctuantes;
el constante y acelerado perfeccionamiento de la máquina coloca
al obrero en situación cada vez más precaria; las colisiones
entre el obrero individual y el burgués individual adquieren más
y más el carácter de colisiones entre dos clases. Los obreros
empiezan a formar coaliciones contra los burgueses y actúan en común
para la defensa de sus salarios. Llegan hasta formar asociaciones permanentes
para asegurarse los medios necesarios, en previsión de estos choques
eventuales. Aquí¡ y allá la lucha estalla en sublevación.
A veces los obreros triunfan; pero es un triunfo efímero. El
verdadero resultado de sus luchas no es el éxito inmediato, sino
la unión cada vez m s extensa de los obreros. Esta unión
es propiciada por el crecimiento de los medios de comunicación creados
por la gran industria y que ponen en contacto a los obreros de diferentes
localidades. Y basta ese contacto para que las numerosas luchas locales,
que en todas partes revisten el mismo carácter, se centralicen en
una lucha nacional, en una lucha de clases. Mas toda lucha de clases es
una lucha política. Y la unión que los habitantes de las
ciudades de la Edad Media, con sus caminos vecinales, tardaron siglos en
establecer, los proletarios modernos, con los ferrocarriles, la llevan
a cabo en unos pocos años.
Esta organización del proletariado en clase y, por tanto, en
partido político, vuelve sin cesar a ser socavada por la competencia
entre los propios obreros. Pero resurge, y siempre más fuerte, más
firme, más potente. Aprovecha las disensiones intestinas de los
burgueses para obligarles a reconocer por la ley algunos interese de la
clase obrera; por ejemplo, la ley de la jornada de diez horas en Inglaterra.
En general, las colisiones en la vieja sociedad favorecen de diversas
maneras el proceso de desarrollo del proletariado. La burguesía
vive en lucha permanente; al principio, contra la aristocracia; después,
contra aquellas facciones de la misma burguesía, cuyos intereses
entran en contradicción con los progresos de la industria, y siempre,
en fin, contra la burguesía de todos los demás países.
En todas estas luchas se ve forzada a apelar al proletariado, a reclamar
su ayuda y a arrastrarle así al movimiento político. De tal
manera, la burguesía proporciona a los proletarios los elementos
de su propia educación , es decir, armas contra ella misma.
Además, como acabamos de ver, el progreso de la industria precipita
a las filas del proletariado a capas enteras de la clase dominante, o,
al menos, las amenaza en sus condiciones de existencia. También
ellas aportan al proletariado numerosos elementos de educación.
Finalmente, en los periodos en que la lucha de clases, se acerca a
su desenlace, el proceso de desintegración de la clase dominante,
de toda la vieja sociedad, adquiere un carácter tan violento y tan
agudo que una pequeña fracción de esa clase reniega de ella
y se adhiere a la clase revolucionaria, a la clase en cuyas manos est
el porvenir. Y así como antes una parte de la nobleza se pasó
a la burguesía, en nuestros días un sector de la burguesía
se pasa al proletariado, particularmente ese sector de los ideólogos
burgueses que se han elevado hasta la comprensión teórica
del conjunto del movimiento histórico.
De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía, sólo
el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las demás
clases van degenerando y desaparecen con el desarrollo de la gran industria;
el proletariado, en cambio, es su producto más peculiar.
Los estamentos medios -el pequeño industrial, el pequeño
comerciante, el artesano, el campesino-, todos ellos luchan contra la burguesía
para salvar de la ruina su existencia como tales estamentos medios. No
son, pues, revolucionarios, sino conservadores.
Más todavía, son reaccionarios, ya que pretenden volver
atrás la rueda de la Historia. Son revolucionarios únicamente
por cuanto tienen ante sí la perspectiva de su transito inminente
al proletariado, defendiendo as¡ no sus intereses presentes, sino
sus intereses futuros, por cuanto abandonan sus propios puntos de vista
para adoptar los del proletariado.
El lumpenproletariado, ese producto pasivo de la putrefacción
de las capas más bajas de la vieja sociedad, puede a veces ser arrastrado
al movimiento por una revolución proletaria; sin embargo, en virtud
de todas sus condiciones de vida está más dispuesto
a venderse a la reacción para servir a sus maniobras.
Las condiciones de existencia de la vieja sociedad est n ya abolidas
en las condiciones de existencia del proletariado. El proletariado no tiene
propiedad; sus relaciones con la mujer y con los hijos no tienen nada en
común con las relaciones familiares burguesas; el trabajo industrial
moderno, el moderno yugo del capital, que es el mismo en Inglaterra que
en Francia, en Norteamérica que en Alemania, despoja al proletariado
de todo carácter nacional. Las leyes, la moral, la religión
son para ‚l meros prejuicios burgueses, detrás de los cuales se
ocultan otros tantos intereses de la burguesía.
Todas las clases que en el pasado lograron hacerse dominantes trataron
de consolidar la situación adquirida sometiendo a toda sociedad
a las condiciones de su modo de apropiación. Los proletarios no
pueden conquistar las fuerzas productivas sociales, sino aboliendo su propio
modo de apropiación en vigor y, por tanto, todo modo de apropiación
existente hasta nuestros días. Los proletarios no tienen nada que
salvaguardar; tienen que destruir todo lo que hasta ahora ha venido garantizando
y asegurando la propiedad privada existente.
Todos los movimientos han sido hasta ahora realizados por minorías
o en provecho de minorías. El movimiento proletario es un movimiento
propio de la inmensa mayoría en provecho de la inmensa mayoría.
El proletariado, capa inferior de la sociedad actual, no puede levantarse,
no puede enderezarse, sin hacer saltar toda la superestructura formada
por las capas de la sociedad oficial.
Por su forma, aunque no por su contenido, la lucha del proletariado
contra la burguesía es primeramente una lucha nacional. Es natural
que el proletariado de cada país deba acabar en primer lugar con
su propia burguesía.
Al esbozar las fases m s generales del desarrollo del proletariado,
hemos seguido el curso de la guerra civil m s o menos oculta que se desarrolla
en el seno de la sociedad existente, hasta el momento en que se transforma
en una revolución abierta, y el proletariado, derrocando por la
violencia a la burguesía, implanta su dominación.
Todas las sociedades anteriores, como hemos visto, han descansado en
el antagonismo entre clases opresoras y oprimidas. Mas para poder oprimir
a una clase, es preciso asegurarle unas condiciones que le permitan, por
lo menos, arrastrar su existencia de esclavitud. El siervo, en pleno régimen
de servidumbre, llegó a miembro de la comuna, lo mismo que el pequeño
burgués llegó a elevarse a la categoría de burgués
bajo el yugo del absolutismo feudal. El obrero moderno, por el contrario,
lejos de elevarse con el progreso de la industria, desciende siempre más
y más por debajo de las condiciones de vida de su propia clase.
El trabajador cae en la miseria, y el pauperismo crece más rápidamente
todavía que la población y la riqueza. Es, pues, evidente
que la burguesía ya no es capaz de seguir desempeñando el
papel de clase dominante de la sociedad ni de imponer a ésta, como
ley reguladora, las condiciones de existencia de su clase. No es capaz
de dominar, porque no es capaz de asegurar a su esclavo la existencia ni
siquiera dentro del marco de la esclavitud, porque se ve obligada a dejarle
decaer hasta el punto de tener que mantenerle, en lugar de ser mantenida
por él. La sociedad ya no puede vivir bajo su dominación;
lo que equivale a decir que la existencia de la burguesía es, en
lo sucesivo, incompatible con la de la sociedad.
La condición esencial de la existencia y de la dominación
de la clase burguesa es la acumulación de la riqueza en manos de
particulares, la formación y el acrecentamiento del capital. La
condición de existencia del capital es el trabajo asalariado. El
trabajo asalariado descansa exclusivamente sobre la competencia de los
obreros entre sí. El progreso de la industria, del que la burguesía,
incapaz de oponérsele, es agente involuntario, sustituye el aislamiento
de los obreros, resultante de la competencia, por su unión revolucionaria
mediante la asociación. As¡, el desarrollo de la gran industria
socava bajo los pies de la burguesía las bases sobre las que ésta
produce y se apropia lo producido. La burguesía produce, ante todo,
sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria del proletariado
son igualmente inevitable.
II
PROLETARIOS Y COMUNISTAS.
¿Cuál es la posición de los comunistas con respecto
a los proletarios en general?
Los comunistas no forman un partido aparte, opuesto a los otros partidos
obreros.
No tienen intereses que los separen del conjunto del proletariado.
No proclaman principios especiales1 a los que quisieran amoldar el
movimiento proletario.
Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos
proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales
de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo
el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y por otra parte,
en que, en las diferentes fases de desarrollo por que pasa la lucha entre
el proletariado y la burguesía, representa siempre los intereses
del movimiento en su conjunto.
Prácticamente, los comunistas son, pues, el sector m s resuelto
de los partidos obreros de todos los países, el sector que siempre
impulsa adelante a los demás; teóricamente, tienen sobre
el resto del proletariado la ventaja de su clara visión de las condiciones,
de la marcha y de los resultados generales del movimiento proletario.
El objetivo inmediato de los comunistas es el mismo que el de todos
los demás partidos proletarios: constitución de los proletarios
en clase, derrocamiento de la dominación burguesa, conquista del
poder político por el proletariado.
Las tesis teóricas de los comunistas no se basan en modo alguno
en ideas y principios inventados o descubiertos por tal o cual reformador
del mundo.
No son sino la expresión de conjunto de las condiciones reales
de una lucha de clases existente, de un movimiento histórico que
se est desarrollando ante nuestros ojos. La abolición de las
relaciones de propiedad existentes desde antes no es una característica
propia del comunismo.
Todas las relaciones de propiedad han sufrido constantes cambios históricos,
continuas transformaciones históricas.
La revolución francesa, por ejemplo, abolió la propiedad
feudal en provecho de la propiedad burguesa.
El rasgo distintivo del comunismo no es la abolición de la propiedad
en general, sino la abolición de la propiedad burguesa.
Pero la propiedad privada burguesa moderna es la última y más
acabada expresión del modo de producción y de apropiación
de lo producido basado en los antagonismos de clase, en la explotación
de los unos por los otros.3
En este sentido los comunistas pueden resumir su teoría en esta
fórmula única: abolición de la propiedad privada.
Se nos ha reprochado a los comunistas el querer abolir la propiedad
personalmente adquirida, fruto del trabajo propio, esa propiedad que forma
la base de toda libertad, actividad e independencia individual.
¡La propiedad adquirida, fruto del trabajo, del esfuerzo personal!
¿Os referís acaso a la propiedad del pequeño burgués,
del pequeño labrador, esa forma de propiedad que ha precedido a
la propiedad burguesa? No tenemos que abolirla: el progreso de la industria
la ha abolido y está aboliéndola a diario.
¿O tal vez os referís a la propiedad privada burguesa
moderna?
¿Es que el trabajo asalariado, el trabajo del proletario, crea
propiedad para el proletario? De ninguna manera. Lo que crea es capital,
es decir, la propiedad que explota al trabajo asalariado y que no puede
acrecentarse sino a condición de producir nuevo trabajo asalariado,
para volver a explotarlo. En su forma actual, la propiedad se mueve en
el antagonismo entre el capital y el trabajo asalariado. Examinemos los
dos términos de este antagonismo.
Ser capitalista significa ocupar, no sólo una posición
puramente personal en la producción, sino también una posición
social. El capital es un producto colectivo; no puede ser puesto en movimiento
sino por la actividad conjunta de muchos miembros de la sociedad y, en
última instancia sólo por la actividad conjunta de todos
los miembros de la sociedad.
El capital no es, pues, una fuerza personal; es una fuerza social.
En consecuencia, si el capital es transformado en propiedad colectiva,
perteneciente a todos los miembros de la sociedad, no es la propiedad personal
la que se transforma en propiedad social. Sólo cambia el carácter
social de la propiedad. Esta pierde su carácter de clase.
Examinemos el trabajo asalariado.
El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario,
es decir, la suma de los medios de subsistencia indispensables al obrero
para conservar su vida como tal obrero. Por consiguiente, lo que el obrero
asalariado se apropia por su actividad es estrictamente lo que necesita
para la mera reproducción de su vida. No queremos de ninguna manera
abolir esta apropiación personal de los productos del trabajo, indispensables
para la mera reproducción de la vida humana, esa apropiación,
que no deja ningún beneficio líquido que pueda dar un poder
sobre el trabajo de otro. Lo que queremos suprimir es el carácter
miserable de esa apropiación, que hace que el obrero no viva sino
para acrecentar el capital y tan sólo en la medida en que el interés
de la clase dominante exige que viva.
En la sociedad burguesa, el trabajo vivo no es m s que un medio de
incrementar el trabajo acumulado. En la sociedad comunista, el trabajo
acumulado no es m s que un medio de ampliar, de enriquecer y hacer m s
fácil la vida de los trabajadores.
De este modo, en la sociedad burguesa el pasado domina sobre el presente;
en la sociedad comunista es el presente el que domina sobre el pasado.
En la sociedad burguesa el capital es independiente y tiene personalidad,
mientras que el individuo que trabaja carece de independencia y está
despersonalizado.
Y la burguesía dice que la abolición de semejante estado
de cosas es la abolición de la personalidad y de la libertad! Y
con razón. Pues se trata efectivamente de abolir la personalidad
burguesa, la independencia burguesa y la libertad burguesa.
Por la libertad, en las condiciones actuales de la producción
burguesa, se entiende la libertad de comercio, la libertad de comprar y
vender.
Desaparecida la compraventa, desaparecer también la libertad
de compraventa. Las declamaciones sobre la libertad de compraventa, lo
mismo que las demás bravatas liberales de nuestra burguesía,
sólo tienen sentido aplicadas a la compraventa encadenada y al burgués
sojuzgado de la Edad Media; pero no ante la abolición comunista
de compraventa de las relaciones de producción burguesas y de la
propia burguesía.
Os horrorizáis de que queramos abolir la propiedad privada.
Pero, en vuestra sociedad actual, la propiedad privada está
abolida para las nueve décimas partes de sus miembros; precisamente
porque no existe para esas nueve décimas partes. Nos reprocháis,
pues, el querer abolir una forma de propiedad que no puede existir sino
a condición de que la inmensa mayoría de la sociedad sea
privada de propiedad.
En una palabra, nos acusáis de querer abolir vuestra propiedad.
Efectivamente, eso es lo que queremos.
Según vosotros, desde el momento en que el trabajo no puede
ser convertido en capital, en dinero, en renta de la tierra, en una palabra,
en poder social susceptible de ser monopolizado; es decir, desde el instante
en que la propiedad personal no puede transformarse en propiedad burguesa,
desde ese instante la personalidad queda suprimida.
Reconocéis, pues, que por su personalidad no entendéis
sino al burgués, al propietario burgués. Y esta personalidad
ciertamente debe ser suprimida.
El comunismo no arrebata a nadie la facultad de apropiarse de los productos
sociales; no quita más que el poder de sojuzgar por medio de esta
apropiación el trabajo ajeno.
Se ha objetado que con la abolición de la propiedad privada
cesaría toda actividad y sobrevendría una indolencia general.
Si así fuese, hace ya mucho tiempo que la sociedad burguesa
habría sucumbido a manos de la holgazanería, puesto que en
ella los que trabajan no adquieren y los que adquieren no trabajan. Toda
la objeción se reduce a esta tautología: no hay trabajo asalariado
donde no hay capital.
Todas las objeciones dirigidas contra el modo comunista de apropiación
y de producción de bienes materiales se hacen extensivas igualmente
respecto a la apropiación y a la producción de los productos
del trabajo intelectual. Lo mismo que para el burgués la desaparición
de la propiedad de clase equivale a la desaparición de toda producción,
la desaparición de la cultura de clase significa para ‚l la desaparición
de toda cultura.
La cultura, cuya pérdida deplora, no es para la inmensa mayoría
de los hombres más que el adiestramiento que los transforma en máquinas.
Mas no discutáis con nosotros mientras apliquéis a la
abolición de la propiedad burguesa el criterio de vuestras nociones
burguesas de libertad, cultura, derecho, etc. Vuestras ideas mismas son
producto de las relaciones de producción y de propiedad burguesas,
como vuestro derecho no es m s que la voluntad de vuestra clase erigida
en ley; voluntad cuyo contenido est determinado por las condiciones
materiales de existencia de vuestra clase.
La concepción interesada que os ha hecho erigir en leyes eternas
de la Naturaleza y la razón las relaciones sociales dimanadas de
vuestro modo de producción y de propiedad -relaciones históricas
que surgen y desaparecen en el curso de la producción-, la compartís
con todas las clases dominantes hoy desaparecidas. Lo que concebís
para la propiedad antigua, lo que concebís para la propiedad feudal,
no os atrevéis a admitirlo para la propiedad burguesa.
¡Querer abolir la familia! Hasta los más radicales se
indignan ante este infame designio de los comunistas.
¿En qué bases descansa la familia actual, la familia
burguesa? En el capital, en el lucro privado. La familia, plenamente desarrollada,
no existe más que para la burguesía; pero encuentra su complemento
en la supresión forzosa de toda familia para el proletariado y en
la prostitución pública.
La familia burguesa desaparece naturalmente al dejar de existir ese
complemento suyo, y ambos desaparecen con la desaparición del capital.
¿Nos reprocháis el querer abolir la explotación
de los hijos por sus padres? Confesamos este crimen.
Pero decís que destruimos los vínculos m s íntimos,
sustituyendo la educación doméstica por la educación
social.
Y vuestra educación, ¿no está también
determinada por la sociedad, por las condiciones sociales en que educáis
a vuestros hijos, por la intervención directa o indirecta de la
sociedad a través de la escuela, etc.? Los comunistas no han inventado
esta injerencia de la sociedad en la educación, no hacen m s que
cambiar su carácter y arrancar la educación a la influencia
de la clase dominante.
Las declamaciones burguesas sobre la familia y la educación,
sobre los dulces lazos que unen a los padres con sus hijos, resultan m
s repugnantes a medida que la gran industria destruye todo vínculo
de familia para el proletario y transforma a los niños en simples
artículos de comercio, en simples instrumentos de trabajo.
¡Pero es que vosotros, los comunistas, queréis establecer
la comunidad de las mujeres! -nos grita a coro toda la burguesía.
Para el burgués, su mujer no es otra cosa que instrumento de
producción. Oye decir, que los instrumentos de producción
deben ser de utilización común, y, naturalmente, no puede
por menos de pensar que las mujeres correrán la misma suerte de
la socialización.
No sospecha que se trata precisamente de acabar con esa situación
de la mujer como simple instrumento de producción.
Nada má s grotesco, por otra parte, que el horror ultramoral
que inspira a nuestros burgueses la pretendida comunidad oficial de las
mujeres que atribuyen a los comunistas. Los comunistas no tienen necesidad
de introducir la comunidad de las mujeres: casi siempre ha existido.
Nuestros burgueses, no satisfechos con tener a su disposición
las mujeres y las hijas de sus obreros, sin hablar de la prostitución
oficial, encuentran un placer singular en seducir mutuamente las esposas.
El matrimonio burgués es, en realidad, la comunidad de las esposas.
A lo sumo, se podría acusar a los comunistas de querer sustituir
una comunidad de las mujeres hipócritamente disimulada, por una
comunidad franca y oficial. Es evidente, por otra parte, que con la abolición
de las relaciones de producción actuales desaparecer la comunidad
de las mujeres que de ellas se deriva, es decir, la prostitución
oficial y no oficial.
Se acusa también a los comunistas de querer abolir la patria,
la nacionalidad.
Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen.
Mas, por cuanto el proletariado debe en primer lugar conquistar el poder
político, debe elevarse a la condición de clase nacional,
constituirse en nación, todavía es nacional, aunque de ninguna
manera en el sentido burgués.
El aislamiento nacional y los antagonismos entre los pueblos desaparecen
de día en día con el desarrollo de la burguesía, la
libertad de comercio y el mercado mundial, con la uniformidad de la producción
industrial y las condiciones de existencia que le corresponden.
El dominio del proletariado los hará desaparecer m s deprisa
todavía. La acción común, al menos de los países
civilizados, es una de las primeras condiciones de su emancipación.
En la misma medida en que sea abolida la explotación de un individuo
por otro, ser abolida la explotación de una nación
por otra.
Al mismo tiempo que el antagonismo de las clases en el interior de
las naciones, desaparecer la hostilidad de las naciones entre sí.
En cuando a las acusaciones lanzadas contra el comunismo, partiendo
del punto de vista de la religión, de la filosofía y de la
ideología en general, no merecen un examen detallado.
¿Acaso se necesita una gran perspicacia para comprender que
con toda modificación en las condiciones de vida, en las relaciones
sociales, en la existencia social, cambian también las ideas, las
nociones y las concepciones, en una palabra, la conciencia del hombre?
¿Qué demuestra la historia de las ideas sino que la producción
intelectual se transforma con la producción material? Las ideas
dominantes en cualquier época no han sido nunca más que las
ideas de la clase dominante.
Cuando se habla de ideas que revolucionan toda una sociedad, es expresa
solamente el hecho de que en el seno de la vieja sociedad se han formado
los elementos de una nueva, y la disolución de las viejas ideas
marcha a la par con la disolución de las antiguas condiciones de
vida.
En el ocaso del mundo antiguo, las viejas religiones fueron vencidas
por la religión cristiana. Cuando, en el siglo XVIII, las ideas
cristianas fueron vencidas por las ideas de la ilustración, la sociedad
feudal libraba una lucha a muerte contra la burguesía, entonces
revolucionaria. Las ideas de libertad religiosa y de libertad de conciencia
no hicieron m s que reflejar el reinado de la libre concurrencia en el
dominio del saber.
“Sin duda -se nos dirá -, las ideas religiosas, morales, filosóficas,
políticas, jurídicas, etc., se han ido modificando en el
curso del desarrollo histórico. Pero la religión, la moral,
la filosofa, la política, el derecho se han mantenido siempre a
través de estas transformaciones.
Existen, además, verdades eternas, tales como la libertad, la
justicia, etc., que son comunes a todo estado de la sociedad. Pero el comunismo
quiere abolir estas verdades eternas, quiere abolir la religión
y la moral, en lugar de darles una forma nueva, y por eso contradice a
todo el desarrollo histórico anterior".
¿A qué se reduce esta acusación? La historia de
todas las sociedades que han existido hasta hoy se desenvuelve en medio
de contradicciones de clase, de contradicciones que revisten formas diversas
en las diferentes ‚pocas.
Pero cualquiera que haya sido la forma de estas contradicciones, la
explotación de una parte de la sociedad por la otra es un hecho
común a todos los siglos anteriores. Por consiguiente, no tiene
nada de asombroso que la conciencia social de todos los siglos, a despecho
de toda variedad y de toda diversidad, se haya movido siempre dentro de
ciertas formas comunes, dentro de unas formas -formas de conciencia-, que
no desaparecer n completamente m s que con la desaparición definitiva
de los antagonismos de clase.
La revolución comunista es la ruptura m s radical con las relaciones
de propiedad tradicionales, nada de extraño tiene que el curso de
su desarrollo rompa de la manera m s radical con las ideas tradicionales.
Mas, dejemos aquí¡ las objeciones hechas por la burguesía
al comunismo.
Como ya hemos visto m s arriba, el primer paso de la revolución
obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista
de la democracia.
El proletariado se valdrá de su dominación política
para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital,
para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del
Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para
aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas.
Esto, naturalmente, no podrá cumplirse al principio m s que
por una violación despótica del derecho de propiedad y de
las relaciones burguesas de producción, es decir, por la adopción
de medidas que desde el punto de vista económico parecer n insuficientes
e insostenibles, pero que en el curso del movimiento se sobrepasarán
a sí mismas y serán indispensables como medio para
transformar radicalmente todo el modo de producción.
Estas medidas, naturalmente, serán diferentes en los diversos
países.
Sin embargo, en los países más avanzados podrán
ser puestos en práctica casi en todas partes las siguientes medidas:
1. Expropiación de la propiedad territorial y empleo de la renta de la tierra para los gastos del Estado.
2. Fuerte impuesto progresivo.
3. Abolición de los derechos de herencia.
4. Confiscación de la propiedad de todos los emigrados y sediciosos.
5. Centralización del crédito en manos del Estado por medio de un Banco nacional con capital del Estado y monopolio exclusivo.
6. Centralización en manos del Estado de todos los medios de transporte.
7. Multiplicación de las empresas fabriles pertenecientes al Estado y de los instrumentos de producción, roturación de los terrenos incultos y mejoramiento de las tierras, según un plan general.
8. Obligación de trabajar para todos; organización de
ejércitos industriales, particularmente para la agricultura.
9. Combinación de la agricultura y la industria; medidas encaminadas
a hacer desaparecer gradualmente la diferencia entre la ciudad y el campo.
10. Educación publica y gratuita de todos los niños; abolición del trabajo de éstos en las fábricas tal como se practica hoy; régimen de educación combinado con la producción material, etc., etc.
Una vez que en el curso del desarrollo hayan desaparecido las diferencias de clase y se haya concentrado toda la producción en manos de los individuos asociados, el poder público perder su carácter político. El poder político, hablando propiamente, es la violencia organizada de una clase para la opresión de otra. Si en la lucha contra la burguesía el proletariado se constituye indefectiblemente en clase; si mediante la revolución se convierte en clase dominante y, en cuanto clase dominante, suprime por la fuerza las viejas relaciones de producción, suprime, al mismo tiempo que estas relaciones de producción, las condiciones para la existencia del antagonismo de clase y de las clases en general, y, por tanto, su propia dominación como clase.
En sustitución de la antigua sociedad burguesa con sus clases
y sus antagonismos de clase, surgir una asociación en que
el libre desenvolvimiento de cada uno ser la condición del
libre desenvolvimiento de todos.
III. LITERATURA SOCIALISTA Y COMUNISTA.
1. EL SOCIALISMO REACCIONARIO.
a) El socialismo feudal.
Por su posición histórica, la aristocracia francesa e
inglesa estaba llamada a escribir libelos contra la moderna sociedad burguesa.
En la revolución francesa de julio de 1880 y en el movimiento inglés
por la reforma parlamentaria, había sucumbido una vez m s bajo los
golpes del odiado advenedizo. En adelante no podía hablarse siquiera
de una lucha política seria. No le quedaba m s que la lucha literaria.
Pero, también en el terreno literario, la vieja fraseología
de la época de la Restauración* había llegado
a ser inaceptable. Para crearse simpatías era menester que la aristocracia
aparentase no tener en cuenta sus propios intereses y que formulara su
acta de acusación contra la burguesía sólo en interés
de la clase obrera explotada. Dióse de esta suerte la satisfacción
de componer canciones satíricas contra su nuevo amo y de musitarle
al oído profecías m s o menos siniestras.
Así es como nació el socialismo feudal, mezcla de jeremiadas
y pasquines, de ecos del pasado y de amenazas sobre el porvenir. Si alguna
vez su crítica amarga, mordaz e ingeniosa hirió a la burguesía
en el corazón, su incapacidad absoluta para comprender la marcha
de la historia moderna concluyó siempre por cubrirle de ridículo.
A guisa de bandera, estos señorees enarbolaban el saco de mendigo
del proletariado, a fin de atraer al pueblo. Pero cada vez que el pueblo
acudía, advertía que sus posaderas estaban ornadas con el
viejo blasón feudal y se dispersaba en medio de grandes e irreverentes
carcajadas.
Una parte de los legitimistas franceses y la "Joven Inglaterra" han
dado al mundo este espectáculo cómico.
Cuando los campeones del feudalismo aseveran que su modo de explotación
era distinto del de la burguesía, olvidan una cosa, y es que ellos
explotaban en condiciones y circunstancias por completo diferentes y hoy
anticuadas. Cuando advierten que bajo su dominación no existía
el proletariado moderno, olvidan que la burguesía moderna es precisamente
un retoño necesario del régimen social suyo.
Disfrazan tan poco, por otra parte, el carácter reaccionario
de su crítica, que la principal acusación que presentan contra
la burguesía es precisamente haber creado bajo su régimen
una clase que hará saltar por los aires todo el antiguo orden social.
Lo que imputan a la burguesía no es tanto el haber hecho surgir
un proletariado en general, sino el haber hecho surgir un proletariado
revolucionario.
Por eso, en la práctica política, toman parte en todas
las medidas de represión contra la clase obrera. Y en la vida diaria,
a pesar de su fraseología ampulosa, se las ingenian para recoger
los frutos de oro2 y trocar el honor, el amor y la fidelidad por el comercio
en lanas, remolacha azucarera y aguardiente*.
Del mismo modo que el cura y el señor feudal han marchado siempre
de la mano, el socialismo clerical marcha unido con el socialismo feudal.
Nada m s fácil que recubrir con un barniz socialista el ascetismo
cristiano. ¿Acaso el cristianismo no se levantó también
contra la propiedad privada, el matrimonio y el Estado? ¿No predicó
en su lugar la caridad y la pobreza, el celibato y la mortificación
de la carne, la vida monástica y la Iglesia? El socialismo cristiano
no es más que el agua bendita con que el clérigo consagra
el despecho de la aristocracia.
b) El socialismo pequeño burgués.
La aristocracia feudal no es la única clase derrumbada por la
burguesía y no es la única clase cuyas condiciones de existencia
empeoran y van extinguiéndose en la sociedad burguesa moderna. Los
habitantes de las ciudades medievales y el estamento de los pequeños
agricultores de la Edad Media fueron los precursores de la burguesía
moderna. En los países de una industria y un comercio menos desarrollado,
esta clase continúa vegetando al lado de la burguesía en
auge.
En los países donde se ha desarrollado la civilización
moderna, se ha formado -y, como parte complementaria de la sociedad burguesa,
sigue formándose sin cesar- una nueva clase de pequeños burgueses
que oscila entre el proletariado y la burguesía. Pero los individuos
que la componen se ven continuamente precipitados a las filas del proletariado
a causa de la competencia y, con el desarrollo de la gran industria, ven
aproximarse el momento en que desaparecer n por completo como fracción
independiente de la sociedad moderna y en que ser n reemplazados en el
comercio, en la manufactura y en la agricultura por capataces y empleados.
En países como Francia, donde los campesinos constituyen bastante
m s de la mitad de la población, era natural que los escritores
que defienden la causa del proletariado contra la burguesía, aplicasen
a su crítica del régimen burgués el rasero del pequeño
burgués y del pequeño campesino, y defendiesen la causa obrera
desde el punto de vista de la pequeña burguesía. Así
se formó el socialismo pequeñoburgués. Sismondi es
el más alto exponente de esta literatura, no sólo en Francia,
sino también en Inglaterra.
Este socialismo analizó con mucha sagacidad las contradicciones
inherentes a las modernas relaciones de la producción. Puso al desnudo
las hipócritas apologías de los economistas. Demostró
de una manera irrefutable los efectos destructores de la maquinaria y de
la división del trabajo, la concentración de los capitales
y de la propiedad territorial, la superproducción, la crisis, la
inevitable ruina de los pequeños burgueses y de los campesinos,
la miseria del proletariado, la anarquía en la producción,
la escandalosa desigualdad en la distribución de las riquezas, la
exterminadora guerra industrial de las naciones entre sí, la disolución
de las viejas costumbres, de las antiguas relaciones familiares, de las
viejas nacionalidades.
Sin embargo, el contenido positivo de ese socialismo consiste,
bien en su anhelo de restablecer los antiguos medios de producción
y de cambio, y con ellos las antiguas relaciones de propiedad y toda la
sociedad antigua, bien en querer encajar por la fuerza los medios modernos
de producción y de cambio en el marco de las antiguas relaciones
de propiedad, que ya fueron rotas, que fatalmente debían ser rotas
por ellos. En uno y otro caso, este socialismo es a la vez reaccionario
y utópico.
Para la manufactura, el sistema gremial; para la agricultura, el régimen
patriarcal; he aquí su última palabra.
En su ulterior desarrollo esta tendencia ha caído en un marasmo
cobarde.
c) El socialismo alemán o socialismo "verdadero".
La literatura socialista y comunista de Francia, que nació bajo
el yugo de una burguesía dominante, como expresión literaria
de una lucha contra dicha dominación, fue introducida en Alemania
en el momento en que la burguesía acababa de comenzar su lucha contra
el absolutismo feudal.
Filósofos, semifilósofos e ingenios de salón alemanes
se lanzaron ávidamente sobre esta literatura; pero olvidaron
que con la importación de la literatura francesa no habían
sido importadas a Alemania, al mismo tiempo, las condiciones sociales de
Francia. En las condiciones alemanas, la literatura francesa perdió
toda significación práctica inmediata y tomó un carácter
puramente literario. Debía parecer m s bien una especulación
ociosa sobre la realización de la esencia humana. De este modo,
para loa filósofos alemanes del siglo XVIII, las reivindicaciones
de la primera revolución francesa no eran m s que reivindicaciones
de la "razón práctica" en general, y las manifestaciones
de la voluntad de la burguesía revolucionaria de Francia no expresaban
a sus ojos m s que las leyes de la voluntad pura, de la voluntad tal como
debía ser, de la voluntad verdaderamente humana. Toda la labor de
los literatos alemanes se redujo exclusivamente a poner de acuerdo las
nuevas ideas francesas con su vieja conciencia filosófica, o, m
s exactamente, a asimilarse las ideas francesas partiendo de sus propias
opiniones filosóficas.
Y se asimilaron como se asimila en general una lengua extranjera: por
la traducción.
Se sabe cómo los frailes superpusieron sobre los manuscritos
de las obras clásicas del antiguo paganismo las absurdas descripciones
de la vida de los santos católicos. Los literatos alemanes procedieron
inversamente con respecto a la literatura profana francesa. Deslizaron
sus absurdos filosóficos bajo el original francés. Por ejemplo:
bajo la critica francesa de las funciones del dinero, escribían:
"enajenación de la esencia humana"; bajo la crítica francesa
del Estado burgués, decían: "eliminación del
poder de lo universal abstracto", y así sucesivamente.
A esta interpolación de su fraseología filosófica
en la crítica francesa le dieron el nombre de "filosofía
de la acción", "socialismo verdadero", "ciencia alemana del socialismo",
"fundamentación filosófica del socialismo", etc.
De esta manera fue completamente castrada la literatura socialista-comunista
francesa. Y como en manos de los alemanes dejó de ser la expresión
de la lucha de una clase contra otra, los alemanes se imaginaron estar
muy por encima de la “estrechez francesa” y haber defendido, en lugar de
las verdaderas necesidades, la necesidad de la verdad, en lugar de los
intereses del proletariado, los intereses de la esencia humana, del hombre
en general, del hombre que no pertenece a ninguna clase ni a ninguna realidad
y que no existe más que en el cielo brumoso de la fantasía
filosófica.
Este socialismo alemán, que tomaba tan solemnemente en serio
sus torpes ejercicios de escolar y que con tanto estrépito charlatanesco
los lanzaba a los cuatro vientos, fue perdiendo poco a poco su inocencia
pedantesca.
La lucha de la burguesía alemana, y principalmente de la burguesía
prusiana, contra los feudales y la monarquía absoluta, en una palabra,
el movimiento liberal, adquiría un carácter m s serio.
De esta suerte, ofreciósele al “verdadero” socialismo la ocasión
tan deseada de contraponer al movimiento político las reivindicaciones
socialistas, de fulminar los anatemas tradicionales contra el liberalismo,
contra el Estado representativo, contra la concurrencia burguesa, contra
la libertad burguesa de prensa, contra el derecho burgués, contra
la libertad y la igualdad burguesas y de predicar a las masas populares
que ellas no tenían nada que ganar, y que m s bien perderían
todo en este movimiento burgués. El socialismo alemán olvidé
muy a propósito que la crítica francesa, de la cual era un
simple eco insípido, presuponía la sociedad burguesa moderna,
con las correspondientes condiciones materiales de vida y una constitución
política adecuada, es decir, precisamente las premisas que todavía
se trataba de conquistar en Alemania.
Para los gobiernos absolutos de Alemania, con su séquito de
clérigos, de mentores, de hidalgos rústicos y de burócratas,
este socialismo se convirtió en un espantajo propicio contra la
burguesía que se levantaba amenazadora.
Formó el complemento dulzarrón de los amargos latigazos
y tiros con que esos mismos gobiernos respondían a los alzamientos
de los obreros alemanes.
Si el “verdadero” socialismo se convirtió de este modo en un
arma en manos de los gobiernos contra la burguesía alemana, representaba
además, directamente, un interés reaccionario, el interés
del pequeño burgués alemán. La pequeña burguesía,
legada por el siglo XVI, y desde entonces renacida sin cesar bajo diversas
formas, constituye para Alemania la verdadera base social del orden establecido.
Mantenerla es conservar en Alemania el orden establecido. La supremacía
industrial y política de la burguesía le amenaza con una
muerte cierta: de una parte, por la concentración de los capitales,
y de otra, por el desarrollo de un proletariado revolucionario. A la pequeña
burguesía le pareció que el “verdadero” socialismo podía
matar los dos pájaros de un tiro. Y éste se propagó
como una epidemia.
Tejido con los hilos de araña de la especulación, bordado
de flores retóricas y bañado por un rocío sentimental,
ese ropaje fantástico en que los socialistas alemanes envolvieron
sus tres o cuatro descarnadas “verdades eternas”, no hizo sino aumentar
la demanda de su mercancía entre semejante público.
Por su parte, el socialismo alemán comprendió cada vez
mejor que estaba llamado a ser el representante pomposo de esta pequeña
burguesía.
Proclamó que la nación alemana era la nación modelo
y el mesócrata alemán el hombre modelo. A todas las infamias
de este hombre modelo les dio un sentido oculto, un sentido superior y
socialista, contrario a la realidad. Fue consecuente hasta el fin, manifestándose
de un modo abierto contra la tendencia “brutalmente destructiva” del comunismo
y declarando su imparcial elevación por encima de todas las luchas
de clases. Salvo muy raras excepciones, todas las obras llamadas socialistas
que circulan en Alemania pertenecen a esta inmunda y enervante literatura*.
2. EL SOCIALISMO CONSERVADOR O BURGUÉS.
Una parte de la burguesía desea remediar los males sociales con
el fin de consolidar la sociedad burguesa.
A esta categoría pertenecen los economistas, los filántropos,
los humanitarios, los que pretenden mejorar la suerte de las clases trabajadoras,
los organizadores de la beneficencia, los protectores de animales, los
fundadores de las sociedades de templanza, los reformadores domésticos
de toda laya. Y hasta se ha llegado a elaborar este socialismo burgués
en sistemas completos.
Citemos como ejemplo la Filosofía de la Miseria, de Proudhon.
Los burgueses socialistas quieren perpetuar las condiciones de vida
de la sociedad moderna sin las luchas y los peligros que surgen fatalmente
de ellas. Quieren la sociedad actual sin los elementos que la revolucionan
y descomponen. Quieren la burguesía sin el proletariado. La burguesía,
como es natural, se representa el mundo en que ella domina como el mejor
de los mundos. El socialismo burgués hace de esta representación
consoladora un sistema más o menos completo. Cuando invita al proletariado
a llevar a la práctica su sistema y a entrar en la nueva Jerusalén,
no hace otra cosa, en el fondo, que inducirle a continuar en la sociedad
actual, pero despojándose de la concepción odiosa que se
ha formado de ella.
Otra forma de este socialismo, menos sistemática, pero más
práctica, intenta apartar a los obreros de todo movimiento revolucionario,
demostrándoles que no es tal o cual cambio político el que
podrá beneficiarles, sino solamente una transformación de
las condiciones materiales de vida, de las relaciones económicas.
Pero, por transformación de las condiciones materiales de vida,
este socialismo no entiende, en modo alguno, la abolición de las
relaciones de producción burguesas -lo que no es posible más
que por vía revolucionaria-, sino únicamente reformas administrativas
realizadas sobre la base de las mismas relaciones de producción
burguesas, y que, por tanto, no afectan a las relaciones entre el capital
y el trabajo asalariado, sirviendo únicamente, en el mejor
de los casos, para reducirle a la burguesía los gastos que requiere
su dominio y para simplificarle la administración de su Estado.
El socialismo burgués no alcanza su expresión adecuada
sino cuando se convierte en simple figura retórica.
¡Libre cambio, en interés de la clase obrera! ¡Aranceles
protectores, en interés de la clase obrera! ¡Prisiones celulares,
en interés de la clase obrera! He aquí¡ la última
palabra del socialismo burgués, la única, que ha dicho seriamente.
El socialismo burgués se resume precisamente en esta afirmación:
los burgueses son burgueses en interés de la clase obrera.
3. EL SOCIALISMO Y EL COMUNISMO CRITICO-UTOPICOS.
No se trata aquí de la literatura que en todas las grandes revoluciones
modernas ha formulado las reivindicaciones del proletariado (los escritos
de Babeuf, etc.).
Las primeras tentativas directas del proletariado para hacer prevalecer
sus propios intereses de clase, realizadas en tiempos de efervescencia
general, en el período del derrumbamiento de la sociedad feudal,
fracasaron necesariamente, tanto por el débil desarrollo del mismo
proletariado como por la ausencia de las condiciones materiales de su emancipación,
condiciones que surgen sólo como producto de la época burguesa.
La literatura revolucionaria que acompaña a estos primeros movimientos
del proletariado, es forzosamente, por su contenido, reaccionaria. Preconiza
un ascetismo general y burdo igualitarismo.
Los sistemas socialistas y comunistas propiamente dichos, los sistemas
de Saint-Simon, de Fourier, de Owen, etc., hacen su aparición en
el período inicial y rudimentario de la lucha entre el proletariado
y la burguesía, período descrito anteriormente. (Véase
Burgueses y proletarios).
Los inventores de estos sistemas, por cierto, se dan cuenta del antagonismo
de las clases, así como de la acción de los elementos destructores
dentro de la misma sociedad dominante. Pero no advierten del lado del proletariado
ninguna iniciativa histórica, ningún movimiento político
propio.
Como el desarrollo del antagonismo de clases va a la par con el desarrollo
de la industria, ellos tampoco pueden encontrar las condiciones materiales
de la emancipación del proletariado, y se lanzan en busca de una
ciencia social, de unas leyes sociales que permitan crear esas condiciones.
En lugar de la acción social tienen que poner la acción
de su propio ingenio; en lugar de las condiciones históricas de
la emancipación, condiciones fantásticas; en lugar de la
organización gradual del proletariado en clase, una organización
de la sociedad inventada por ellos. La futura historia del mundo se reduce
para ellos a la propaganda y ejecución práctica de sus planes
sociales.
En la confección de sus planes tienen conciencia, por cierto,
de defender ante todo los intereses de la clase obrera, por ser la clase
que más sufre. El proletariado no existe para ellos sino bajo el
aspecto de la clase que más padece.
Pero la forma rudimentaria de la lucha de clases, así como su
propia posición social, les lleva a considerarse muy por encima
de todo antagonismo de clase. Desean mejorar las condiciones de vida de
todos los miembros de la sociedad, incluso de los más privilegiados.
Por eso, no cesan de apelar a toda la sociedad sin distinción, e
incluso se dirigen con preferencia a la clase dominante. Porque basta con
comprender su sistema, para reconocer que es el mejor de todos los planes
posibles de la mejor de todas las sociedades posibles.
Repudian, por eso, toda acción política, y en particular,
toda acción revolucionaria, se proponen alcanzar su objetivo por
medios pacíficos, intentando abrir camino al nuevo evangelio social
valiéndose de la fuerza del ejemplo, por medio de pequeños
experimentos, que, naturalmente, fracasan siempre.
Estas fantásticas descripciones de la sociedad futura, que surgen
en una época en que el proletariado, todavía muy poco desarrollado,
considera aún su propia situación de una manera también
fantástica, provienen de las primeras aspiraciones de los obreros,
llenas de profundo presentimiento, hacia una completa transformación
de la sociedad.
Mas estas obras socialistas y comunistas encierran también elementos
críticos. Atacan todas las bases de la sociedad existente. Y de
este modo han proporcionado materiales de un gran valor para instruir a
los obreros. Sus tesis positivas referentes a la sociedad futura, tales
como la supresión del contraste entre la ciudad y el campo, la abolición
de la familia, de la ganancia privada y del trabajo asalariado, la proclamación
de la armonía social y la transformación del Estado en una
simple administración de la producción; todas estas tesis
no hacen sino enunciar la eliminación del antagonismo de las clases,
antagonismo que comienza solamente a perfilarse y del que los inventores
de sistemas no conocen sino las primeras formas indistintas y confusas.
Así estas tesis tampoco tienen más que un sentido puramente
utópico.
La importancia del socialismo y del comunismo crítico-utópicos
está en razón inversa al desarrollo histórico. A medida
que la lucha de clases se acentúa y toma formas más definidas,
el fantástico afán de ponerse por encima de ella, esa fantástica
oposición que se le hace, pierde todo valor práctico, toda
justificación teórica. He ahí por qué si en
muchos aspectos los autores de esos sistemas eran revolucionarios, las
sectas formadas por sus discípulos son siempre reaccionarias, pues
se aferran a las viejas concepciones de sus maestros, a pesar del ulterior
desarrollo histórico del proletariado. Buscan, pues, y en eso son
consecuentes, embotar la lucha de clases y conciliar los antagonismos.
Continúan soñando con la experimentación de sus utopías
sociales; con establecer falansterios aislados, crear Home-colonies en
sus países o fundar una pequeña Icaria*, edición en
dozavo de la nueva Jerusalén. Y para la construcción de todos
estos castillos en el aire se ven forzados a apelar a la filantropía
de los corazones y de los bolsillos burgueses. Poco a poco van cayendo
en la categoría de los socialistas reaccionarios o conservadores
descritos más arriba y sólo se distinguen de ellos por una
pedantería m s sistemática y una fe supersticiosa y fanática
en la eficacia milagrosa de su ciencia social.
Por eso se oponen con encarnizamiento a todo movimiento político
de la clase obrera, pues no ven en él sino el resultado de una ciega
falta de fe en el nuevo evangelio.
Los owenistas, en Inglaterra, reaccionan contra los cartistas, y los
fourieristas, en Francia, contra los reformistas.
IV
ACTITUD DE LOS COMUNISTAS RESPECTO A LOS DIFERENTES PARTIDOS DE OPOSICION.
Después de lo dicho en el capítulo II, la actitud de los
comunistas respecto de los partidos obreros ya constituidos se explica
por sí misma, y por tanto su actitud respecto de los cartistas de
Inglaterra y los partidarios de la reforma agraria en América del
Norte.
Los comunistas luchan por alcanzar los objetivos e intereses inmediatos
de la clase obrera; pero, al mismo tiempo, defiende también, dentro
del movimiento actual, el porvenir de ese movimiento. En Francia, los comunistas
se suman al Partido Socialista Democrático* contra la burguesía
conservadora y radical, sin renunciar, sin embargo, al derecho de criticar
las ilusiones y los tópicos legados por la tradición revolucionaria.
En Suiza apoyan a los radicales, sin desconocer que este partido se
compone de elementos contradictorios, en parte de socialistas democráticos,
al estilo francés, y en parte de burgueses radicales.
Entre los polacos, los comunistas apoyan al partido que ve en una revolución
agraria la condición de la liberación nacional; es decir,
al partido que provocó en 1846 la insurrección de Cracovia.
En Alemania, el Partido Comunista lucha al lado de la burguesía,
en tanto que ésta actúa revolucionariamente contra la monarquía
absoluta, la propiedad territorial feudal y la pequeña burguesía
reaccionaria.
Pero jamás, en ningún momento, se olvida este partido
de inculcar a los obreros la más clara conciencia del antagonismo
hostil que existe entre la burguesía y el proletariado, a fin de
que los obreros alemanes sepan convertir de inmediato las condiciones sociales
y políticas que forzosamente ha de traer consigo la dominación
burguesa en otras tantas armas contra la burguesía, a fin de que,
tan pronto sean derrocadas las clases reaccionarias en Alemania, comience
inmediatamente la lucha contra la misma burguesía.
Los comunistas fijan su principal atención en Alemania, porque
Alemania se halla en vísperas de una revolución burguesa
y porque llevar a cabo esta revolución bajo condiciones más
progresivas de la civilización europea en general, y con un proletariado
mucho más desarrollado que el de Inglaterra en el siglo XVII y el
de Francia en el siglo XVIII, y, por lo tanto, la revolución burguesa
alemana no podrá ser sino el preludio inmediato de una revolución
proletaria.
En resumen, los comunistas apoyan por doquier todo movimiento revolucionario
contra el régimen social y político existente.
En todos estos movimientos ponen en primer término, como cuestión
fundamental del movimiento, la cuestión de la propiedad, cualquiera
que sea la forma más o menos desarrollada que ésta revista.
En fin, los comunistas trabajan en todas partes por la unión
y el acuerdo entre los partidos democráticos de todos los países.
Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos.
Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados
derrocando por la violencia todo el orden social existente. Las clases
dominantes pueden temblar ante una Revolución Comunista. Los proletarios
no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en
cambio, un mundo que ganar.
¡PROLETARIOS DE TODOS LOS PAISES, UNIOS!
Escrito por Carlos Marx y Federico Engels
en diciembre de 1847, enero de 1848.
Publicado por vez primera en folleto aparte
en alemán en Londres, en febrero de 1848.